Calipso, reina de Ogigia

Calipso

con ilustraciones de Nina L.

Quiero hablaros de una odisea, pero no de la que todos conocemos sino más bien de la odisea personal que vivió un personaje secundario en la vida de Ulises, precisamente por eso: por ser secundario.

Y es que resulta que mientras Penélope estaba en casa esperando a que su esposo regresara de su Odisea, entretenida tejiendo y destejiendo, había otra mujer (la de arriba) que se entregaba a un amor apasionado y sin sentido, ya que su amado amaba a otra: A Pe, la del moño.

Penelope

Esta mujer, llamada Calipso, cerraba los ojos a la realidad. Y ciega de amor se desmelenaba dando rienda a su pasión por el esposo de otra. Sabía que lo que sentía no era correspondido, aun así mientras la otra (bueno la “una”, porque la “otra” era ella). Mientras Penélope elegía cuidadosamente sus hilos, Calipso paría a los hijos de Ulises que, pobrecito él, estaba de Odisea y tenía a su mujer sufriendo… Pues fíjate, que en el tiempo que estuvo desaparecido luchando contra monstruos fabulosos, mantuvo una relación con esta ninfa que le llegó a dar, según una de las versiones, hasta cuatro hijos. ¿Lo sabías? ¿Cómo se te ha quedado el cuerpo?  Algunos dicen que esta relación no duró más que un año… ¿perdón? Si la bella Calipso dió a luz cuatro veces, me creo más la versión de los siete años. La del año fue Circe, que es que a Ulises la Odisea le dio para mucho.

Pues bueno, mientras Calipso se entregaba a la ensoñación de haber creado una familia con el hombre que amaba y se dedicaba a cuidar y amamantar amorosamente a sus retoños, Ulises (el pobre) no podía dejar de pensar en la pobre Penélope. Y eso era amor del puro, puro… ¿o era puro remordimiendo de esposo adúltero que, de repente, encuentra en su esposa cornuda todas las virtudes posibles? (como si eso pudiera compensarla del “desliz”).

Se cuenta que Calipso intentó retenerlo por todos los medios pero que ni siquiera la juventud eterna y la inmortalidad le convencieron. Ulises, erre que erre que quería volver a su Ítaca de las narices.

Como imagináis, no hay final feliz para esta historia, así que milagros no esperéis. Sí. Ya sé que tratándose de dioses y semidioses podríamos esperar un poco de magia ¡pero no! y es es la gracia de la mitología griega es, precisamente, que sus dioses (por más poderosos que fueran) sufrían como humanos.

Calipso amaba sin ser correspondida y a sabiendas que un día su amado partiría. El día llegó. Ulises se fue y la pobre Calipso (lo estáis viendo venir ¿no?) Calipso, la bella y dulce Calipso, madre amantísima de un cuarteto, murió de amor. O mejor dicho: de desamor. De pena, vamos.

Ulises regresó victorioso a su casa, como un héroe. Que si el cíclope Polifemo, que si los caníbales, que si los temporales, que si las sirenas… No en balde es conocido por su ingenio, su habilidad y su audacia. Típico. Penélope feliz como una perdiz y happy end para algunos pero… ¿Llegó Ulises a sincerarse con Penélope acerca de su relación con Calipso? ¿Había existido Calipso realmente para Ulises? ¿O no había sido más que una simple ensoñación de viajero?

En serio que pretendía darle un giro humorístico pero me he metido tan en la piel de Calipso, que el chiste me ha parecido fuera de lugar. Una muerte por desamor no es para hacer chistes.

Pero el caso es que ella siempre supo que Ulises se iría… Él no le escondía su situación familiar, ni su deseo de regresar junto a su esposa (¿o sí?). Aún así Calipso creyó poder enamorar a ese hombre, creyó poder retenerlo. Ya veis, al final no consiguió ni retenerse a sí misma.

Y en este punto, empiezo a mosquerame con Calipso. Hubiera preferido descubrir que sacó fuerzas de flaqueza, que el amor hacia sus hijos le dio vida y energía para salir a delante. No fue así. Pobre Calipso y pobres hijos suyos.

El caso es que, en definitiva, nadie pertenece a nadie más que así mismo. Si los hijos que parimos y por los que daríamos la vida NO nos pertenecen. ¿Cómo nos va a pertenecer un señor o una señora que encontramos en nuestro camino? Un marido, una esposa, un amante… un compañero, son regalos que hay que apreciar el rato que se queden a nuestro lado. No hay que dar nada por descontado, nunca. Nadie nos pertenece. Ni tan siquiera el que duerme aquí al lado. Hoy lo hace, mañana podría no hacerlo. Aferrarse a otro no tiene sentido. Hay que darle la mano y caminar juntos mientras el deseo sea mutuo.

Lo que sí es de vital importancia es aferrarse a uno mismo. Ser fiel a uno mismo porque, no nos engañemos, tú eres la única persona de la que no te vas a librar jamás.

Ay… Calipso, que quería hacer un chiste y he terminado haciendo una reflexión de jueves.

Desatando el #Nudo #Gordiano

gordian knot

A mí siempre me ha molado mucho la mitología. Grecoromana primero, japonesa después, nórdica, hindú… Da igual. Cualquier leyenda con desventuras increíbles me pasma como a una cría.

Bueno, pues no quería privar a este espacio de unas goticas de mitología, en esta caso griega. Que vaya tela los griegos… Así les va. Como tengo ya bastante práctica en simplificar las explicaciones, para hacerme entender a varios niveles, pues os lo voy a explicar facilito. Primero de todo os diré que nudo gordiano ¡¡no viene de nudo gordo!! ¡Que no! Os lo explico. ;-) (Ojo que yo hasta hace 15 minutos sí creia que venia de nudo gordo)

Bueno, sentaos a mi alrededor que os voy a contar un cuento. No. Chino no. Griego. Pero de cuando los griegos estaban desparramados más allá de la Grecia actual.

Cuenta la leyenda, que hace muuuucho mucho tiempo en un lugar llamado Frigia (que vendría a ser la actual Anatolia, en Turquía) andaban escasos de monarcas. Parece ser que los frigios buscaban rey pero no sabían cómo encontrar uno. (Qué cosas. Unos buscan rey mientras otras intentan deshacerse de los suyos). Bueno. Pues estaban en esas, buscando que buscarás, cuando algún frigio espabilado  tuvo la brillante idea de ir a consultarlo con el Oráculo y ahí que se fueron todos. El Oráculo vendría a ser ahora como una especie de asesor fiscal, asesor de imagen, asesor de la alcaldesa… vamos, un asesor que asesora. Y cobra.

Será que los de antes cobraban menos o será que lo pillaron durante la sobremesa o algo… porque se los quitó rápido de encima con voz tan digna como expeditiva:

- ¿Un rey? Eeerm… ¡Sí, claro! Ya lo estoy vieeeeendo. Vuestro nuevo rey llegará por la Puerrrrrta del Este, le acompañará un cuerrrrvo que se posará sobre su carrrrrro. Es a él a quien debéis escoger como nuevo rey. ¡Pero ni lo dudéis, oye! Hala. Hasta luego que tengo faena, chatos.

Tomá ya. El Oráculo se quedó más ancho que largo y los otros se lo creyeron (que más que frigios parecían españoles). Y todos ahí pendientes, a ver quien entraba por la puerta del Este. Pues no te lo pierdas. Llegó un labrador llamado Gordias, que no poseía más que su carreta y sus bueyes y los frigios comprendieron que era ÉL a quien tenían que hacer rey.

Claro, el pobre Gordias, imagínatelo, flipando a más no poder. “¡Cagoen la leche que le han dao a los frigios, ¡que me han hecho rey!” Pues nada, ni corto ni perezoso, el tal Gordias no lo preguntó dos veces no fuera a ser que se lo repensara el Oráculo y aceptó el cargo, el puesto o la nominación… Bueno, que se dejó coronar rey y listos. Lo primero que hizo cuando le hicieron rey fue fundar una ciudad ¿y qué nombre le puso el tío jodío?

Gordión.

Asi es. Con un par. Pero y qué iba a hacer el hombre… Era un simple campesino, de aquellos tiempos… No se le ocurrió otro nombre. Gordión. Luego el hombre dijo, “el carro este me lo quito de en medio pero ya, que estoy hasta la coronilla de ir con él arriba y abajo”. ¿Y qué hace? ¿Venderlo de segunda mano? ¿Regalárselo a un campesino que pudiera darle nuevo uso? ¿Reciclarlo? No. Va y se lo entrega a Zeus (que ya me dirás tú pa que quería Zeus un carro). El caso es que le llevó el carro a Zeus y de paso se hizo un poco de autobombo frente a sus nuevos súbditos. “Mira que ofrenda mas guay lili lala… “ y quedó como dios. Ató la lanza y el yugo con un nudo super imposible de desatar (lógico, no tenía claro que le fuera a durar el chollo) y pensó, “aparco el carro aquí, en el templo, que mejor guardado no va a estar en ningún aparcamiento, y le hago el nudo chungo que me enseñó mi abuelo para que no me roben el carro, que mira lo que le pasó al Manolo Escobar por no atarlo como es menester!”

La leyenda cuenta que nadie era capaz de desatar aquel nudo. Lo cual confirma que intentarlo, lo intentaron. Que ya por aquel entonces había chorizos y que más de uno trató de pisparle el carro. Pero todo fue en vano porque, al parecer, el nudo ¡era tremendo! Esto hizo que la expectación en torno al dichoso nudo aumentara y como la gente es tan exagerada, ya en los debates televisivos de la época, llegaron a afirmar que aquel que desatara el nudo ¡conquistaría Asia! Ahí es nada. Vamos que el Gordi la lió parda, allá en Frigia.

A dónde voy con esto, os estaréis preguntando. O no. Pero yo voy a suponer que sí, que es lo bueno que tiene que no me podáis hablar mientras escribo, que me distraigo con nada.

Un buen día, allá por el 333 a.C., pasaba por allí Alejandro Magno que se dirigía a conquistar el Imperio Persa (como el que no quiere la cosa) y mira, en un rato libre, conquistó Frigia. ¿Qué pasa? Allí se encontró Alejandro con el reto del nudo, que le encantó, porque a Alex le molaba a idea de conquistar Asia…

Los frigios, que no tenían nada más que hacer que estar todo el día pendientes del nudo, se apelotonaron a su alrededor. Alejandro Magno llegó, observó el nudo, visualizó este poster:

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… meditó, se hizo el interesante con un par de posturitas bien estudiadas y tomó la palabra. “¿Hola? ¿Hola?” Cuando consideró que tenía un numero suficiente de espectadores como para conseguir un número aceptable de “likes”, para que la historia corriera como la pólvora y se hiciera viral, dijo en tono prepotente y un pelín macarrilla:

- A ver, frigio, trae p’acá. Psé. Nudos a mí.

Se desenganchó la espada del refajo y… ¡zas! resolvió el enigma del nudo gordiano a lo bruto. Qué cabrón. Luego lo ponen de ejemplo del lateral thinking.

Lateral thinking, lateral thinking… Lo que pasa es que tendría prisa el hombre. Y las prisas son muy malas, que cuando uno va por ahí conquistando y con prisa, no está el horno para enigmas. Esa noche, justo después de la tajada, se desató una tormenta memorable (Zeus sí que sabía desatar) cosa que a Alejandro le fue de perlas para venderles a los frigios la moto, de que esa tormenta ¡significaba la aprobación de Zeus! (Eso sí que es lateral thinking de libro). Los frigios, crédulos ellos, se tragaron lo de la muestra de aprobación. Que mira que eran tontos los frigios.

Sí. Lo mismo daba cortar que desanudar y el Magno lo expresó así de clarito: “tanto monta cortar como desatar” (Luego Vino Fernando el Católico y le robó el eslogan pero eso es harina de otro costal.)

Y se quedo más feliz que un pato.

La madre que los parió.

Con la de horas que yo me he pasado desliándole las madejas a mi bisabuela, que me decía que era un entrenamiento para la paciencia y que era relajante. No, si relajar… me relajaba. Todavía hoy. Pero ya os digo que, después de pasarme la infancia buscando el cabo perdido de todas las madejas con las que me topaba (ojo, metáfora al canto) desde que soy madre, voy a sablazo limpio por la vida. No estoy para ostias y si me plantas un nudo gordiano, te lo corto en un pispas, y lo mismo te arreglo un padrastro con los dientes, que te coso el bajo de un pantalón (si no tengo a mi madre a mano). Si hay piojos, se combaten y se lleva trenzas el resto del año. Nada de rasgarse la vestiduras por tonterías, que luego hay que coserlas. Si puedo escaquearme, me escaqueo… pero si no puedo y hay que ir, se va.

Desde que soy madre soy mucho más resolutiva, creo… Todavía me queda mucho camino por andar pero siento la evolución en mí.

¡Ah! Bueno, y la leyenda acaba que Alejandro se largó con el carro de Gordias.

Así es, señoras y señores, ¿lo sabían?

La expresión “nudo gordiano” todavía se utiliza para hablar de una dificultad que no se puede resolver o de un obstáculo difícil de salvar. Y “cortar el nudo gordiano” significa resolver de forma tajante y creativa un problema gordo (que no gordiano) descubriendo la esencia del problema y yendo al grano sin perderse por las ramas, ni darle muchas vueltas al daño colateral… Simplificar, localizar la raíz del problema y dar con la solución, sin rollos enigmáticos. Lo llaman pensamiento lateral.

¿Cómo lo veis? ¿Notáis que con el tiempo simplificáis y os volvéis más resolutivas?

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Aquí el resto de contribuciones de esta semana:

de la Zozobra y el Luto

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Y con zozobra no me refiero a la inquietud, la aflicción y la congoja del ánimo, que no deja sosegar, no. Me refiero más bien a la acepción marítima: el estado del mar o del viento que constituye una amenaza para la navegación… porque la zozobra a punto estuvo de hundir mi navío.

Lo que os voy a contar es algo que llevo dentro hace tiempo. Hace ocho años hizo que mi vida se fuera a pique y me hundió en la más profunda miseria. Algo que me reconcomió por dentro hasta que logré controlarlo, que no superarlo, porque siguió creciendo en mi estómago ramificándose por todo mi cuerpo. Al principio, la opresión era tan grande que imposibilitaba seguir viviendo como si nada hubiera pasado. Necesitaba hablar de lo sucedido hasta aburrir, que es precisamente lo que sucedió porque, señoras y señores, vivimos en una sociedad que ya no admite el luto. Lo triste, si dura mucho, aburre. De todo hay que reponerse enseguida a riesgo de que te etiqueten de depresiva. “Rápido, rápido, la vida sigue” y oír que la vida sigue, cuando la vida se para… es difícil de digerir.

Esas ramas seguían creciendo. Viví tiesa (con esa especie de matorral incrustado en el alma) durante tres largos años, tras los cuales empecé a ver la luz. Y esa luz flexibilizó la planta rara que habitaba dentro mí, hizo nacer brotes nuevos de aceptación y hojitas verdes de esperanza. Hace ocho años que crece en mis entrañas, cual alien, pero parece que ha llegado el momento de soltarlo. Y digo que parece que ahora quiere salir de mí, porque de algún modo está encontrando vías de escape. En todas partes leo cosas que me incitan a rememorar lo que sucedió. Seguro que estas señales han estado siempre ahí pero yo las veo ahora porque me siento preparada para contarlo. Un comentario en Facebook desata una conversación inesperadamente íntima, un post de una bloguera con la que simpatizo me arranca un comentario “demasiado” afectado… Me veo, de repente, esparciendo trocitos inconexos de mi historia aquí y allá. Tal vez sea el momento de sacarla de mí y hacerle un hueco aquí.

En octubre del 2006 perdí a un amigo. Un muchacho dos años más joven que yo. Un amigo de la infancia. Habíamos realizado infinidad de excursiones con las familias, en el clásico grupo de críos que, gracias a la amistad de los padres, comparten la infancia casi casi como si fueran hermanos. Un mal día, le detectaron una enfermedad jodida. Sin embargo, era una condición “controlable” si uno lograba adaptarse a ciertos cambios y aprendía a escuchar su cuerpo, él mismo me lo había contado. Había baches pero podía pasar largas temporadas haciendo vida relativamente normal. El caso es que jamás nadie imaginó que supusiera un riesgo para su vida. Había cosas que no le sentaban bien. Tuvo que aprender a tomarse la vida con más calma pero ahí estaba él, adaptándose a lo que le tocaba vivir y, aunque perdió mucho peso, jamás perdió un ápice de su simpatía, ni de su belleza.

Por aquel entonces, yo estaba embarazada. Fue un embarazo con complicaciones desde la semana 10. Mi segundo hijo. Deseado, buscado a más no poder. Grande. Sano. Yo sangro y me detectan un hematoma en el útero. No tiene porque afectarle, con reposo se reabsorberá. Pasan las semanas, se detiene el sangrado. Rezamos para llegar a la semana 25 para que el parto sea viable y al peque le sea posible vivir fuera de mí. Cada semana que pasa es un gol que le hemos metido a la biología. Cada semana que pasa estamos más cerca de que llegar a conocerlo sea posible. En ecografías se manifiesta que el hematoma no disminuye y que además está en mal sitio, junto a sus pies. Le molesta, le quita sitio y él lo patea. Yo veo en la ecografía cómo mi primer hombre juega a fútbol con mi hematoma. Qué poco imagina (qué poco imagino) que será uno de sus últimos entrenamientos.

En la semana 21 me pongo de parto. Yo no sé que pasa. Me muero de dolor en el baño de mi casa y al final algo explota en mi interior y expulso un líquido ensangrentado. Primero estoy muy asustada no quiero creer que es lo que parece y me engaño a mí misma: “Ya está, salió el hematoma, ahora todo estará bien”. El dolor no cesa y vamos al hospital. Es de madrugada. Mi compañero y mi hija (que todavía no tiene dos años) esperan fuera.

Estoy dentro sola con una enfermera rubia y una doctora de pelo negro como la noche, que tiene que aguantarse las ganas de llorar para decirme: “Has perdido todo el líquido amniótico. Tu hijo nace. No podemos detenerlo. Tiene un pie fuera… vas a dar a luz”. La enfermera me abraza, me acaricia el pelo y sigue: “…y luego vas a tener que ser fuerte porque tendrás que despedirte de él el tiempo que se quede contigo”. Todo eso en una lengua extraña. No comprendo nada. Entiendo las palabras y entiendo su significado pero no puedo comprender nada. Eso no me podía estar pasando a mí. Siempre fui una tía con suerte. ¿Qué pasa? ¿De repente, la suerte me abandona? ¿Por qué ahora? ¿Por qué hoy? Yo me quise morir con él y aunque intenté mantener la firmeza por los que fuera me esperaban, mi llanto tuvieron que oírlo en Lima.

Lo parí con todo el dolor del mundo y más. Lo sostuve en mis brazos durante los 20 minutos que vivió. Tal vez fueron 15… Nos sacaron fotografías con él, que nos dijeron que un día nos ayudarían. (Están en un sobre cerrado que todavía no he logrado abrir).

Yo me quedé en tierra, pero me morí con él. Pedimos que lo incineraran y al cabo de unos días (no recuerdo cuantos) con sus cenizas en una mochila, tomé un avión y me fui a Barcelona a llorar en casa de mi madre. Cuando llegué me esperaba la gran noticia de que mi amigo R. había fallecido por unas extrañas complicaciones, que siguieron a un examen rutinario que le habían hecho recientemente. A mi alrededor todos lloraban la muerte de mi amigo y lo mío en ese contexto era, lógicamente, “un mal menor”. Yo estaba muerta, seca y sola. No me quedaba ni una lágrima para mi amigo. Y mi mente enferma envidiaba a su madre por haber podido tenerle 34 años con ella. Yo sólo había podido arropar a mi hijo durante 15 minutos.

Es lo más duro que me ha pasado en la vida y jamás he escrito sobre ello. No podía. Hasta el día que me explayé a través de un chat con una persona a la que jamás he visto. Siempre quise poner esto por escrito pero nunca encontraba el momento, ni las palabras.

Ese día, al leerla a ella, salió todo como un chorro imparable. (Gran parte de este texto es tal cual lo que escribí ese día, hará un par de semanas, editado y completado entre ayer y hoy.)

Cuando mis padres visitaron a R. por última vez, él había preguntado por mí. Supo de mi pena y quiso acompañarme en el sentimiento, aún estando él en el trance en que se hallaba. En cambio, ahí estaba yo sin más lágrimas para llorar… sin una lágrima para un amigo de toda la vida. Todavía hoy, lo imagino afincado en un país tropical de difícil acceso porque muerto no puede estar. Su muerte me resulta tan irreal.

Tal vez sea por eso por lo que velamos a nuestros muertos, para asimilar su muerte. Probablemente, esa es la razón por la que volvieron a traerme a mi hijo una vez fallecido, arropadito en una sábana y con unas flores. Aunque yo no lo entendía, en ese momento, porque me parecía que era alargar la agonía, ahora comprendo que me permitieron velarle, aunque fuera un ratito, para asimilar algo que de otro modo jamás habría podido creer. No lo sé. Recuerdo, aunque no pueda matizar sus facciones, la carita de un niño dormido.

Cuando lo pienso, siento una enorme tristeza por no haber podido llorarle a R. todo lo que le quería llorar. Hoy, desde aquí, me gustaría reivindicar la bondad del luto. La necesidad de expresar nuestro dolor por la pérdida de un ser querido, de expresarlo sin fin, si el dolor no tiene fin. Si tu entorno parece no soportar tu duelo, vete a gritarlo a la montaña, búscate un grupo de apoyo, amigos o desconocidos. Llora tu pena hasta que no puedas más pero no la escondas… porque las penas más negras no desaparecen, sino que se acoplan en algún lugar de tu cuerpo y te destruyen sin que te des cuenta.

“Todo pasará” –  “No puedes estar triste siempre” – “La vida sigue” – “Hay cosas peores” - “Quédate embarazada de nuevo, enseguida que puedas.”  Todas estas son frases bienintencionadas que me tocó escuchar porque, en realidad… uno no sabe qué decir.  No. No digas estas cosas. Si lo piensas bien “Te acompaño en el sentimiento”, por mucho que suene a frase hecha o antigua, es lo mejor que se puede decir. “Te acompaño en tu tristeza, lloro contigo”. No me digas: “Deja de llorar”. Nada hay peor que la muerte de un ser querido y el luto no es ninguna tontería. Somos muy modernos y nos cargamos el luto… El luto no es vestirse de negro (eso lo hago yo cada día aun siendo feliz, porque me gusta el color). El luto es un estado mental muy necesario y saludable y saltárselo, y hacer como si no pasara nada, porque somos muy fuertes y podemos con todo, sólo trae enfermedad.

No hay que reprimir los sentimientos, sino exprimirlos. Tanto los agradables como los que son fruto de vivencias oscuras. Esos, tal vez, más que ningún otro. Nunca se sabe y, a veces, el jugo más sabroso lo extraes de la fruta más pocha…

Perder a mi hijo fue el peor trago que me ha tocado vivir pero finalmente he podido hacerme cargo del dolor descomunal de la madre de R. Porque no hay injusticia más grande en este mundo, que sobrevivir a un hijo. Curiosamente, ella con su pérdida incomparable fue capaz, desde su enorme dolor, de hacerse cargo de la mía (de mi pérdida “pequeña” para el resto del mundo). Ella y yo enviamos a nuestros hijos al más allá, uno en brazos del otro. Allá nos esperan a las dos y nosotras mantenemos vivo el recuerdo del que fue poseedor de los ojos más bellos y del que no llegó a ser, ni a mostrar siquiera el brillo de suyos.

Mi hijo vivió 15 minutos con los ojos cerrados. No vio el mundo. En toda su vida lo único que sintió fue el abrazo de su padre, el roce de mi piel y nuestro llanto. Sin embargo, sin llegar a verlo él, me enseñó a mirar el mundo de otra manera.

Las autoridades españolas no me permitieron, en su día, dejar constancia de su existencia en mi libro de familia. Lo hago aquí y ahora: El día 2 de octubre de 2006 tuve un hijo que murió en mis brazos al poco de nacer. Su padre y yo lo lloramos, a gritos y en silencio, cada uno a su manera, cada uno como pudo o como supo.

Tuvimos un hijo, lo llamamos Adam y aunque no haya podido rayar con colores las paredes de casa, llenar el suelo de cosas pegajosas, ni desvelarnos por las noches con su llanto… jamás olvidaremos su paso por nuestras vidas.

Buf.

Prometo que el próximo post será algo muy tonto y muy ligero, como de costumbre.

MaripuchiLauraenparis y Trimadre a los 30 son, por una u otra razón, co-responsables de este “vertido”. GRACIAS A LAS TRES.

El Quebrantahuesos

Llega a su fin el Diccionario de la maternidad organizado por Trimadre a los 30. Gracias, Vero, por convertir una idea peregrina en algo tan bonito. Y por supuesto gracias a todas las que lo han secundado y lo han hecho grande con su participación. Este diccionario grupal es un inmenso catálogo de sentimientos pero tampoco podemos obviar que la experiencia de la maternidad se compone también de un número incontable de animaladas. Yo no he llegado a completar el mío particular en plazo, pero ahí voy hoy con mi letra Q… y mi animalada del día.

Tal es el grado de cercanía con el reino animal que, a pesar de luchar contra la violencia en general (y la verbal en particular) proclamamos a pleno pulmón la necesidad de recuperar el grito primigenio. Un instinto primitivo se apodera de nosotras y nos pringamos las manos para pintar animales y nos las apañamos para encontrar nuestro alter ego o el de nuestros hijos en bestias peludas o plumíferos. Y tanto es así que alguna ha llegado a entrever el zoo completo en su propia persona.

Yo acabo de concluir que en casa convivimos un oso polar, un par de focas (yo soy una de ellas), un bichobola y (la última adquisición) ¡un quebrantahuesos!

El quebrantahuesos (con voz de Félix Rodriguez de la Fuente), al igual que el resto de los de su especie, agarra con fuerza a su presa, remonta el vuelo, y la lanza contra el suelo para partir los huesos y poder degustarlos mejor. Así pues, el ejemplar al que doy cobijo, se sube al murete junto al arenero de la mano a su amigo del alma y saltan juntos al “vacío” sobre el, en principio inocuo, montón de arena… y logra partirse la clavícula sin que absolutamente NADIE se percate de ello.

Al recogerlo de cole (que la palabra “guardería” no me ha gustado nunca), me lo encuentro sentadito en un banco con una bolsita de hielo, la mirada perdida y una risita tonta, que su seño atribuye (más tontamente todavía) “al shock”. Y lo hace con tanta vehemencia que me rechinan los dientes. Tanto decir que no ha sido nada y que es el shock y yo que replico “Que sí mujer, que yo tampoco quiero que sea nada (yo menos que nadie) pero admitirás que está raro el crío…” Y ella dale con el shock.

Sin querer variar la posición que le evitaba el dolor, lo cojo en brazos y en agradecimiento me regala una mueca agónica. Algo falla. No lo llevo al hospital porque llore (se ríe a ratos). Lo llevo por lo raro que está. No soy alarmista, pero no es él. Tan quieto. Tan serio, de repente, después de la risa rara.

La radiografía confirma lo que mi estómago ya decía desde hacía una hora y cuarto en la sala de espera. (Los últimos años, mi estómago ha cogido la palabra y no la suelta, oye) y tras rellenar el formulario de rigor, intercambiar un par de frases con el médico y la enfermera y hacer esfuerzos por contener una lagrimilla traidora, volvemos a casa equipados con unos tirantes, a lo Mazinger y la prescripción de tres semanas ¡”de quietud”! ¿Hola? ¿Quien pone en reposo a Mazinger tres semanas? Bueno y a Mazinger todavía se le puede quitar la pila…

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Bueno, nada, señoras, que se me ha ocurrido que, entre mimo y mimo, me venía muy bien relatar esto para mi “Q”. Y de paso me excuso: en estas circunstancias veo inviable un sprint final. ¡Pero estuvo muy bien! :-)

¡Hasta siempre!

Más letricas del diccionario aquí:

10 logros detrás de un “fracaso”

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Con vuestra ayuda logré lo inimaginable, colocarme en una semana en el TOP 10 de un concurso para blogueros y, lo primero es lo primero así que, quiero daros las gracias por el apoyo a todos. Gracias por aguantarme el rollo. Gracias por haber compartido la historia con vuestros contactos. Lamento haberos mareado tanto, aunque tampoco lo lamento mucho, la verdad, porque con algunos ha sido una excelente excusa ¡para retomar el contacto! :-)

Muchas gracias a propios y extraños.

Sabía que era difícil así que (antes de ponerme a escribir esto) ya me había hecho a la idea de que se iba a quedar en un intento. Sin embargo, y contra todo pronóstico, ¡ni me da pena, ni me sabe mal! Porque de este “fracaso” no he salido indemne sino reforzada y no puedo dejar de admitir que la NO consecución de este objetivo lleva implícitos un montón de logros.

Ahora escribo esto en plan “crónica de una muerte anunciada”. Tras permanecer prácticamente hasta el último día en el TOP 10, en el apretón final me pasó por encima un pelotón de blogueras con potencia indiscutible en redes sociales, porque no me sacaron 5 votos de ventaja ¡sino cientos! Quedo fuera de la selección que optará al premio-trabajo y me quito el sombrero ante quienes han conseguido situarse entre los 10 primeros.

Pero no quiero dejar de celebrar con vosotros que hemos quedado en la posición 15 de un total de 95 participantes. ¡No está mal! :-D (Me daría más rabia la posición 11 ;-)

Cuando decidí participar en el concurso, no tenía ni idea de lo que significaría y estas son las gratas sorpresas con las que me he encontrado. A saber:

1. He salido, claramente, de mi zona de confort 

Este es el primero y más importante. Hasta ahora eran pocos los que sabían que tenía un blog. Un par de conocidos y un puñado de desconocidos. Con esta loca acción, me he expuesto ante todos. Me he expuesto a hacer el ridículo. No creáis que eso no da vértigo. Me expongo a que mis amigos piensen que soy lerdita. Me expongo a la crítica, o lo que es peor, a la indiferencia de ciertas personas de las cuales habría preferido mil veces una crítica. La crítica te ayuda a mejorar, la indiferencia de quien supuestamente te aprecia es, simplemente, desconcertante.

2. He aprendido cosas acerca de las personas

Hay gente que da constantemente. Te da una palabra de ánimo, te da un beso, te da ánimos, rara vez pide. Son todo amor y en cuanto puedas les vas a dar tú, aunque ellos jamás lo pidan.

Hay gente que pide y da. Seguramente la opción más justa, clara, sana y equilibrada.

Y luego también hay gente que pide pero no da. He detectado un grupo nuevo… No me había fijado o no se me había evidenciado tanto como con este experimento.

En general, he aprendido que la gente es buena y si le pides ayuda y está dentro de sus posibilidades, te ayudan con mucho gusto. He aprendido que, (repito) en general, la gente tiene muy buena predisposición para ayudar al prójimo.

3. Mi blog ha ganado visibilidad

Efectivamente, he tenido más visitas que nunca. Y ¿quién sabe? Igual gracias a esta acción he ganado un par de lectores. ¿Sabes que puedes recibirme en tu correo electrónico si quieres? Sí, ya sé que el spam da terror y que estamos todos hartos de que nos llenen el buzón de tonterías pero, si eres inmune a esos miedos y me quieres recibir en tu buzón sepas que es posible. Sólo tienes que hacer clic en el botón “seguir” aquí a la derecha, para no perderte ni uno sólo de mis desbarres.

4. He ganado confianza en mis capacidades

Al miedo de “¿y si no gusta? ¿y si les parece una caca?” me he visto respondiéndome con un “Te da igual, tú sigue”. Es la primera vez que me sucede esto. (Será que me hago mayor). Es la primera vez que el miedo (atroz) a la critica no me detiene y eso en sí, para mí, tiene mucho valor.

5. Me he divertido haciendo campaña

Jamás imaginé que pedir el voto me divertiría tanto. Cada respuesta positiva era un soplo de alegría directa al alma. Cada vez que alguien compartía mi petición en su muro, se me ensanchaba el pecho. Los que me dijeron “tienes mi voto pero además es que me encanta la idea” me provocaron un subidón. A los que pasaban de mí los excusaba diciéndome “no lo habrá visto, no habrá tenido tiempo de leerlo, no habrá entendido lo que pido” (sonará chorras pero así ha sido, buen rollito).

6. Me han llovido ideas nuevas

“Mira estos escritos de fulanito”,  “mira esta web y, ojo, no la cagues por ahí…”, “mírate esto y lo otro…” Algunos de vosotros me habéis regalado algo más que un voto. Algunos de vosotros me habéis enviado enlaces a artículos, bibliografía, me habéis dado nombres de expertos en el tema, me habéis dado consejo. Eso me ha animado un montón porque significa que habéis visualizado el proyecto, más allá de mi simple texto, y con vuestras ideas lo habéis hecho crecer. Por vosotros, quiero sacar esto adelante aunque sea SIN sponsor. Hace días que le doy vueltas al cómo. Una nueva sección en el blog. Colaboraciones con otros blogs… No sé. Ya se verá.

7. He creado mi primera “nota” en FB

Sí, lo tengo que decir. Es una chorrada pero no había hecho ninguna y tiene su gracia. Es un documento muy fácil de compartir y puede llevar todo lo que te interese mostrar. También he aprendido que debo trabajar la brevedad, que la gente va demasiado liada y cada minuto cuenta.

8. He aprendido que dar la tabarra en las redes sociales funciona

Está claro, porque de otro modo no habría superado los dos votos. Aquí una mención especial para las personas que he conocido a través de Internet. No sé dónde estáis, pero he compartido más cosas con vosotras que con cualquier persona de mi vecindario. Lo cual no deja de ser extraño.

9. He aprendido que pedir apoyo a personas que puedan estar personalmente interesadas funciona ¡todavía más!

Obvio, ¿no? Yo es que, a menudo, tiendo a olvidarme de lo obvio.

… y, por supuesto (sin perder nunca de vista el refranero español) también he aprendido que…

10. ¡Más vale UN voto en mano que CIEN “compartidos” volando!

Así, que que sepas, que aunque no haya llegado al “objetivo final inicial”, tu voto no ha sido en balde porque he aprendido un montón de cosicas con esta historia. :-)

GRACIAS.

Y ahora ya sí que apago… y me voy.

Futuro imperfecto

muro
Creo que hasta los 32 años jamás había pensado en mi futuro. Lo único que había hecho con él era conjugarlo en mis clases de español. A ver, que sí, que hay que estudiar y aprender cosas para hacer algo con tu vida “en el futuro”, todo es tan vago, tan difuso. Sin embargo, los mayores parecían tenerlo tan claro… y ellos ya estaban ahí, en su futuro, con lo cual sabrían de lo que hablaban.

El futuro es algo informe (pero bastante palizas). Te obliga a hacer cosas que no te apetecen o te impide hacer las que sí querrías. Maldito futuro de las narices. Resulta que te lo tienes que currar aunque, a cambio, no te da certeza ninguna. Yo, en el fondo, me pasé mi futuro por el forro hasta los 32 años. Sí. Es cierto. Sabía que estaba ahí y en algún momento habría que echar mano de él pero mi presente me tenía demasiado absorvida. Yo era una cría feliz, sana y… la verdad, mi permanencia en el mundo NO me preocupaba en exceso.

Lo recuerdo un poco así:

Niñez (primera confrontación con la #muerte)

¡Oh no! ¡Qué horror! ¡Mis abuelos van a morir, mis padres van a morir y YO también voy a morir! No quiero morirme nunca. Qué desperdicio… (Más terrible todavía cuando descubres que no va a ser necesariamente en ese orden).

Adolescencia

Bueno, sí, al fin y al cabo vamos a morirnos todos… Vaya cagada. Pero ya que vamos a palmarla (y no se sabe si antes o después del examen). ¡Vámonos de fiestaaaa y que nos quiten lo bailao!

Juventud (divino tesoro)

A ver mi madre llorará seguro. Mi padre también. Mi hermana… pero quitando a mi familia y los 4 amiguetes, el mundo tampoco va a echarme tanto de menos así que… Hombre sí, me jodería YO pero ya. No va a producirse ninguna hecatombe porque yo no esté así que… con estos ahorrillos ¡me voy de viajeeeee!

Embarazo (Semana 7)

Oh, my God! (Suspiro) Bueno, bueno, bueno… parece que el futuro ya está aquí y me pilla despeinada (que no es dificil) con un contrato anual y sin ahorros, mal vamos. No sería mala idea empezar a apartar una pequeña cantidad mensual… por lo que pueda pasar. Sin agobios, pero empecemos a comportarnos como adultos. Glups.

Adulta (se supone) con cachorrito de 2 años y medio

Sabes que durante los próximos… yo que sé, échale 20 años, va a depender de ti. De repente, tu permanencia se convierte en una cuestión prioritaria y mira tú: Ahora que empiezas a considerar que palmarla podría ser una putada es cuando te anuncian una dolencia, que sin la cirugía adecuada podría hacerte desaparecer del mapa en menos de un año. ¡Toma!

La guasa tienen un precio y cuando no quieres caldo es cuando te caen las dos tazas. Lloras amargamente (qué vas a hacer) y te cabreas con el cosmos, ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora? Ahora que hay alguien que me necesita y depende de mí NO puedo irme. Y te rebelas contra la fatalidad y te tiras de cabeza al quirófano (y a quien haga falta) con tal que te saquen esas cosas malas que pueden jorobar tu maquinaria y, por ende, tu permanencia en el mundo porque ahora sí… ahora tienes una misión. Una misión con nombre de cuatro letras y todavía incapaz de cuidar de sí misma.

Ese cuerpo tanto tiempo “maltratado”. (Porque claro, lo que tiene ser joven y sentirse invencible es que te empeñas en poner tu cuerpo al límite constantemente). El día ese, en que un señor con una bata más blanca que su cabello te muestra, sobre una placa iluminada, los “límites” de tu cuerpo tomas consciencia de lo deseable que es tu permanencia.

Su futuro, mi futuro

Y una vez superado el trance, trasladas ese deseo de permanencia al resto del universo. Ya puestos, el mundo también debería perdurar. No para ti, que no vas a estar, pero sí para tus hijos. Y además, no contenta con que perdure, quieres que lo haga en condiciones. Y te entra una vergüenza enorme, una vergüenza global y atroz por todas las cosas que permitimos que le ocurran al mundo que pisamos (ese planeta tan maltratado como el cuerpo del joven que se cree indestructible).

Sin previo aviso, términos como #sostenibilidad, que tiempo atrás eran “pijadas de revista”, se convierten en palabras clave, en los hashtags de tu existencia.

Separas basura desde tiempos inmemoriales (aquellos tiempos en que sólo los raritos la separaban). Hace muuuuucho tiempo que huyes todo lo que puedes (que no es mucho) de los artefactos con pilas, que reciclas cuando es posible, que usas bolsas reutilizables y escapas del plástico pero… ¿eso basta? ¿Qué más puedes hacer, a nivel particular, para garantizar que tus hijos tengan una vida digna? Y aquí cuando digo tus hijos me refiero también a los míos y a los de los demás, se entiende. A las generaciones venideras.

¿Qué podemos hacer? ¿Qué puedo hacer yo para dejarles un legado más digno del que ahora intuyo?

Esa jauría de madres revoltosas…

1012038_255417431303026_458511415_nLaura de La niña sin nombre y Vero de Sin preparación alguna son las artífices del mejor club que una madre pueda imaginar y eso que las madres lo que es imaginación tenemos un rato (y si no la traemos de fábrica, la desarrollamos) por pura supervivencia.

El Club de las ‪Malasmadres‬ es lo más. “Menuda chorrada” -podrías, tal vez, pensar. Pero si lo piensas, quizá desconozcas la soledad profunda y remota a la que la maternidad puede arrojar a una mujer (hasta a la más pintada). Menuda paradoja ¿verdad? No puedes ni ir al baño sola pero ahí estás a veces, sintiéndote más sola que la una. Y es ahí, precisamente, donde aparecen las redes sociales para rescatarnos. Porque si resulta que tus parientes, tus vecinos, tus amigas o tus compañeros de trabajo no te entienden… ¡ya da igual!

Da igual porque ahora sabes que ahí fuera, en algún lugar del mundo, hay una pandilla de mujeres sintiéndose igual que tú. Malas, a veces, a pesar de dar la vida por sus hijos e intentar llegar a todo. Incompetentes, por no ser capaz de aplicar siempre esas teorías tan chulas que, en frío, comparten y aplauden pero que en la hora “crítica” parecen tan imposibles como tocar la puntita del Everest. ¡Y no es falta de voluntad! A menudo es, simplemente, cansancio o frustración lo que te impide parecerte a esa maravillosa madre de tus hijos, que quisieras ser.

Otra Laura (LauraenParis) escribió un post que a mí me pareció fantástico para definir cómo muchas mujeres viven hoy en día su maternidad. Lo dice todo y tan bien dicho que no hace falta redundar en ello, tan solo enlazar a su gran post sobre la supervivencia materna.

Yo no soy muy de tirar cohetes por nada. Soy escéptica por naturaleza y, de entrada, seguía a este grupo y sus comentarios entornando un poco los ojos. El día 4 de marzo (lo sé porque es el día que inicié el borrador de esta entrada) me pasó algo que me parece muy gráfico. Te lo explico.

Estaba leyendo los comentarios de algunas malasmadres en su Página de Facebook, dándole “me gusta” a unos comentarios, a otros NO (curiosamente, porque me parecían “demasiado bestias”) cuando, de repente, me topo con éste que fue el único que me hizo soltar una carcajada de verdad:

FB

La imagen es de lo más gore. ¡Tanto que no me atreví a darle al “me gusta”! y… en ese mismo instante, comprendí la bondad y la grandeza del grupo #Malasmadres.

Somos nosotras mismas las que nos autodenominamos “malas” cuando probablemente ni lo seamos, ni nadie considere que lo somos. Son nuestras propias elevadas expectativas las que no cumplimos. Es a nosotras mismas a quien defraudamos cuando no llegamos al “top de la perfección” ese que nos autoimponemos. Es ridículo. Y las muchachas, arriba mencionadas, han sido pioneras en verlo y empezar a reírse de esa ridiculez.

Si el comentario me arranca una carcajada, ¿por qué dudo, ni por un segundo, en darle un “me gusta”? Me estoy juzgando a mi misma por reírme de algo de lo que se supone que no tiene gracia. Pero es que lo que da risa precisamente es la absurdidad del comentario viniendo, PRECISAMENTE, de la persona que más quiere en el mundo a esa niña y a su brazo (el de la nena, se entiende). El humor absurdo existe y es uno de los mejores, por cierto. Esa aproximación humorística a nuestra absorbente realidad, hace que nos distendamos y soltemos parte de la tensión que acumulamos. Qué sí, que acumulamos tensiones.

Los TIPS DEL DÍA: La tronchante selección de chorradas inconfesables que nos unen.

TIPS DEL DÍA: tronchante selección de chorradas inconfesables, que nos unen.

No nos reímos de nuestros hijos. Nos reímos de nuestra propia absurdidad intentando ser las Caballé de la maternidad, cuando en realidad todas tarareábamos el POP de a Ana Torroja hace “un par de añitos”.

¿Quién quiere ser una soprano-mamá-super-diva, cuando podemos ser supervivientes-ochenteras y pasárnoslo tan ricamente al calor de la “movida” madrileña? Sí, ya sé que la movida murió… pero ¿quién ha dicho que un tropel de malasmadres juntas (y revueltas, si hace falta) no son capaces de revivirla el 24 de mayo del 2014 con ‪#‎LAPARTY‬?

Estas mozas se lo han currado un montón. Van a congregar a mamás de todos los rincones de la geografía española. Qué digo española… ¡Europea! ¡¡Mundial!! El día 4 de marzo, día en que inicié este escrito ya tenían espacio en el centro de Madrid para celebrar el encuentro (que es más -como dicen ellas- un bodorrio, que un encuentro de blogueras). Pero si hasta han conseguido un descuento de RENFE (¡¡de RENFE!!)

Vamos que, lo que no consiga un pelotón de mujeres organizadas, cargadas de humor y buenos propósitos, no lo consigue nadie.

Chicas, nos vemos en…

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