Menos es más…

less is more

… pero más es mejor. No fastidies.

Estoy de acuerdo con Mies van der Rohe en que “menos es más” en cuanto a objetos y cuestiones materiales. Sin embargo, si hablamos de tiempo… ¡todo el tiempo es poco!

Todo lo que tengo que leer todavía, aprender y re-aprender, recordar, desempolvar… Necesito tiempo para ponerme en forma, otra vez. Me paso la vida teniendo que regenerarme. Cansa pero no hay más remedio y entonces es cuando me asalta el drama del tiempo limitado, limitadísimo, del que disponemos.

Cuando era una cría, no me interesaba ni me precupaba excesivamente el futuro. A medida que pasa el tiempo y la vida, y se supone que tendría que familiarizarme y aceptar el término muerte, más me alejo de él.

Hace unos años pedía 20 años extra para ver a mi hija mayor. Para no abandonarla en su niñez. Ahora miro a mi hijo y no me basta con verle flacucho, con barba y pies del tamaño de una lancha. Ahora quiero verle hecho un hombre de anchas espaldas. Con el pelo canoso. Quiero conocer a sus hijos, cuidar a mis nietos.

“Era mayor, ya vivió su vida”. Ninguna vida es suficientemente larga. Me siento insaciable. Ávida de horas. Quiero más, mucho más… TIEMPO.

Todo lo demás os lo podéis quedar.

La imagen que encabeza el post ha sido cedida por Floriana.

La farsa de mi vida

Merecer o no merecer… That is the question

El caso es que llevo años, sintiéndome una farsante y estoy hasta el mismísimo.

Hace más de 20 años, cuando entré a hacer mis prácticas en aquel estudio de arquitectura pensé “he entrado porque mi amigo me ha recomendado, no por mérito propio” y cuando entré en el siguiente volvió a ser porque alguien de dentro, que había trabajado conmigo en en el despacho anterior, habló bien de mí “porque le caigo bien” -pensé yo. Una “amigo” mío lo celebró con un “qué injusta es la vida” y yo tuve que darle la razón porque claro, era injusto que me cogieran a mí y no a él… que ni siquiera había solicitado el trabajo. En el primer despacho estuve unos cuatro años, en el segundo acabé quedándome casi cinco.

Años más tarde solicité una beca para estudiar en el extranjero y, contra todo (mi) pronóstico, se equivocaron y me la dieron. Parece que la recomendación de mi jefe coló. Pero es que esa recomendación era un requisito y cada uno presentaba la suya. La mía “coló”. De nuevo “ocupando el puesto que le correspondería a otro”. Y esa sensación de desasosiego de “en cualquier momento se van a dar cuenta y les voy a defraudar”. Creía que con el tiempo ese sentimiento extraño iría menguando, a medida que ganara seguridad en mí misma, pero los años han pasado (muchos) y sigo comportándome como una estúpida.

A mi pareja, lo miro a menudo y pienso… “Joer, con el tiempo que llevamos juntos y todavía no se ha dado cuenta. No sabe quien soy, porque si lo supiera no estaría conmigo. ¿Y esos niños que tengo en casa? No me los merezco. ¿Por qué?” Y lo atribuyo a mi buena estrella o a un despiste cósmico. Y sigo con el corazón en un puño, cuando una amiga me propone que nos asociemos para trabajar juntas. “¡Qué descalabro! En cuanto se dé cuenta se acaba nuestra amistad.”

Y ahora, en un nuevo capítulo de “La Mujer Farsante”, voy a solicitar mi colegiatura en este rincón del mundo. He presentado, pulcramente, toda mi documentación en este idioma del demonio, que jamás dominaré. Creo que cumplo los requisitos. Aún así, lo repaso una y mil veces para encontrar el gazapo, porque seguro que lo hay. Seguro que encuentran la razón para no darme acceso porqué en realidad… ¿Me lo merezco?

¿Se puede ser más mema?
¿Se puede peinar tanta cana, como peino, y seguir con esas inseguridades adolescentes?

No se trata de merecer o no merecer las cosas. Se trata de ir a por ellas y dejarse sorprender por la vida. Y cuando la vida te las niegue, a otra cosa mariposa. O la misma una y otra vez.

Es tan fácil como cambiar un “¿Podré?” por un “¡Podré!” (como el día que casi salgo a cenar con Harrison Ford…)

“Querido 2015, te pido que seas el año que me libre de la maldición del farsante. Déjame cagarla a gusto y sin miedo de decepcionar a nadie que no sea yo misma. ¡Hombre, ya!”

Tengo unas cuantas amigas que me han confirmado haber experimentado este sentimiento. ¿Es una cosa sólo de mujeres? ¿Puede un hombre sentirse un farsante? ¿O nosotras nos lo contamos y vosotros no? Porfa, algún hombre que me saque de dudas…

Hola. Me llamo Grimhilde y… Soy madrastra

(En un susurro y caminando medio agachada)

Hola… Hola qué tal ¿Esta libre esta? Gracias.

¿Eh? ¿Quien, yo? ¿Que empiece la ronda de presentaciones? Mujer, qué apuro, acabo de llegar y soy nueva…

Vale. Bueno.

Ejem… Hola, buenas noches.

Eeeer… Me llamo Grimhilde y… soy madrastra.

Sí, ya se que el cuento no es nuevo. Tal vez incluso les suene mi historia. Tengo una hijastra de 14 años. Su nombre es Blancanieves y vive en palacio con nosotros. Además tenemos, el rey y yo, otros dos hijos propios. Sí, niño y niña. Los Grimm escribían de oído y obviaron algunos datos, relevantes tal vez.

Nada, pues… Una bruja gallega, amiga mía, me dijo que se reunían para tocar el tema de las familias “diferentes” y me dije “¿por qué no, bruja? ¿qué pierdes?” y… Bueno, aquí estoy.

He perdido el autobús por eso he llegado justita… y también el libro, sobre la pubertad, que iba leyendo. Qué rabia. A ver, ¿qué más puedo perder por estar hoy aquí con ustedes esta noche…? ¿La dignidad? Probablemente. Las brujas no lloriquean. Las brujas actúan.

Creo que voy a hablarles de las cosas que me cabrean. Y no, no es Blancanieves. :-)

Me cabrea que la gente proyecte sus prejuicios en mí. Me cabrea que den por supuesto que me voy a alegrar el día que Blancanieves vuelva con su madre. (Sí, otro dato falseado de los hermanitos escritores, que la mamá biológica no estaba muerta, que estaba de parranda… En el oriente lejano para más señas.)

Y sí… Es cierto que en un principio se habló de dos años pero tengo mala memoria y de eso ya no me acuerdo. Más que nada porque pensé que me decían dos años para “colármela” pero que, en realidad, sería para siempre, Así que me hice a la idea de que iba a ser para siempre y me tomé la pócima pertinente para asimilar el cambio. Y lo asimilé. Y al final resulta, que no. Que, realmente, era para dos años y que en cosa de un par de meses esta muchacha tiene que regresar con su madre, la de verdad. Y contra la pócima que me tome, no existe antídoto.

Una de las cosas que me preocupaban al principio era que no creí poder llegar a quererla como a mi hija biológica (claro que la misma duda me rondó estando embarazada de mi hijo y todas las madres de más de uno, sabemos que es posible). Aún así… ¿Iba a ser posible integrarla en la rutina familiar? A día de hoy creo que puedo decir que no hago distinción: que la ropa tirada en el suelo me cabrea por igual, ya venga de la “biológica” como de la “postiza”.

Me contraría un poco que se me escape la sonrisa cuando la veo entrar haciéndome una mueca. Me duele que se vaya, entiendo que vuelva con su madre pero me aterra que se olvide de esta pobre bruja, que aprendió a superar sus propios prejuicios… que descubrió que nadar contra corriente cansa mucho pero a cambio te ofrece el paisaje que otros no ven.

Eeeer… No se si me habré alargado mucho.

Ah, que… de momento, ¿sólo tenía que decir el nombre? ¡Pues haberme cortado, mujer!

 

¿Y dices que la curiosidad mató al gato?

Eso dicen…

Será por eso que los gatos tienen siete vidas… Para poder seguir curioseando otras tantas veces. Ahora en serio. Yo lo que quiero saber es:

¿quién mató a la curiosidad?

¿Quién decidió que todos los niños tienen que aprender las mismas cosas, los mismos temas, de los mismos libros? Yo creo que cuando un niño mira al techo, puede hacerlo por dos razones:

1. razón fisiológica: un fallo en las vertebras cervicales o una distensión muscular o

2. (lo más probable) falta de interés por lo que le están contando.

Y creo que esa falta de interés no vienen dada por la temática. El tema puede ser de lo más trepidante y ameno pero siempre habrá alguno mirando al techo ¿y eso por que? pues, probablemente, porque lo que aburre es la imposición y la pasividad a la que se les condena en las aulas. “Mira, escucha y aprende”. ¿Alguien aprendió algo mirando y escuchando? Sí, es cierto que mirando a alguien que baila se aprende a bailar… pero tarde o temprano has de saltar a la pista de baile y tropezar, pisar a tu pareja, caerte de culo al suelo hasta que por fin te salga la primera pirueta. Esa que viste ejecutar de manera impecable tantas veces. Tantas que el miedo a caerte de culo te paralizaba. ¿Y contra ese miedo qué hay que hacer? ¡Salir a la pista cuanto antes!

Lo que probablemente les exacerba es que les neguemos la fascinación del descubrimiento. La emoción del hallazgo. ¿Qué niño quiere ser burócrata, oficinista o abogado en el registro de patentes? Un niño quiere ser astronauta, viajero, arqueólogo o buscador de tesoros.

Buscadores de tesoros

Me parece que la cuestión de la crisis educativa va más allá de currículos escolares buenos, malos o peores. Estoy segura que hay maestros que saben fascinar a sus alumnos con el currículo más chungo y otros que aburren con el currículo más avanzado y fenomenal. De todos modos, si queremos que nuestros hijos aprendan, hemos de querer profesores que acompañen en ese proceso de aprendizaje. Y, más importante todavía, ¡hemos de acompañarlos nosotros! Si hablamos de aprendizaje, no estamos hablando de enseñanza. No queremos que nuestros hijos traguen las “enseñanzas” de otros. No queremos hijos desarmados. Queremos hijos que piensen por sí mismos. Hijos que sepan aprenden de todos y de todo. Queremos buscadores de tesoros.

No. No creo que sea cosa de currículos. En el fondo da igual lo que les enseñemos a los niños. Lo que de verdad es importante es no matar su capacidad de asombro, su capacidad de fascinación por todo lo nuevo. Y eso, mucho me temo que lo machacamos cada día con comentarios desinteresados en respuesta a sus “¡Mira, un pájaro!” “¡Mira! ¡Una hormiga!” Y con nuestra cara agotada que parece decir “qué me vas a contar a mí de hormigas y de pájaros” les inoculamos sin querer el veneno de la indiferencia. Inmersos en nuestra cotidianidad y nuestros problemas (mucho más gordos que descubrir el universo) perdemos nuestra capacidad de  asombrarnos por las cosas más pequeñas. Lo damos todo por descontado: las maravillas de la naturaleza, los ciclos climáticos, el nacimiento de una flor en una grieta en el hormigón… todo. Y, sin darnos cuenta (porque ojo, no es que seamos malos, es que no todos los días nos hallamos en un estado febril que nos haga darle vueltas a las cosas), hacemos que nuestros hijos, vírgenes de estímulos de entrada, acaben estando de vuelta de todo mucho antes de lo deseable… y ahí es donde muere la curiosidad. Ahí muere la vocación de aprendiz y es el fin. Es el fin hasta que esa persona vuelva a sentir el deseo o la necesidad de saber y eso, no es algo que se aprenda exclusivamente en la escuela. Y desde luego no con un “para mañana los temas 2 y 3″.

Aprendices perpetuos

La de aprendiz debe ser una actitud frente a la vida. No la fracción de nuestras vidas que pasamos en la escuela. Uno es aprendiz toda la vida porque jamás va a saberlo todo. Y aun en el caso de lograr saberlo todo, el mundo cambia tan rápido que hay que seguir aprendiendo librando batalla a la obsolescencia. Así que se trata de desarrollar técnicas de percepción y de búsqueda constante. ¿Cómo? ¿Dónde puedo aprender las cosas que necesito saber? Los medios varían. Antes íbamos a las bibliotecas. Ahora accedemos a Google. Pronto habrá otros medios a nuestro alcance y el único motor, lo único que nos va a hacer avanzar y aprender en este largo camino, es nuestra curiosidad. Nuestra sed de saber. Esa que nos costó en su día el Paraíso.

Así que, y por supuesto esto no es más que mi humilde opinión: Lo mejor que podríamos hacer por los niños es dejarles en paz. Dejarles explorar, equivocarse y mancharse en lugar de inculcarles el miedo al error. “Para hacerlo mal mejor que no lo hagas”. NO. Para llegar a hacerlo bien, probablemente tengas que hacerlo mal unas cuantas veces. Hazlo sin temor. Una y otra vez. Del mismo modo que aprendiste a caminar levantándose del suelo una y otra vez.

Implicación paterna

Creo que no se trata de lo que nosotros podamos hacer por los niños (a parte, claro está, de alimentarles, cuidarles, quererles y arroparles en sus derrotas) sino más bien de lo que deberíamos dejar de hacer. Deberíamos dejar de entorpecer su camino distrayéndoles con lo que nosotros creemos que son los objetivos adecuados. Deberíamos dejar de imaginarlos como una versión mejorada de nosotros mismos. Son personas diferentes, con intereses diferentes a los nuestros (que podrán ser parecidos o no). Deberíamos ayudarles a descubrir su camino en lugar de trazárselo.

Ejemplo: Estudio de aparato digestivo. Parrafos en letra gorda. Dibujitos molones. Más atractivo no puede ser el libro… Aun así no quiere leerlo.

Me parece absolutamente imposible que alguien aprenda algo que no le interesa lo más mínimo. Para mí no hay mejor técnica de estudio que lograr despertar ese interés.

Técnicas de memorización no son técnicas de aprendizaje. Sin ese interés genuino, esas famosas técnicas de estudio lograrán que memorices un par de conceptos para superar el examen y a los dos días no recordará nada más allá de unos tales jugos gástricos.

Volved curiosidad y entusiasmo

Tal vez podemos despertar su curiosidad por saber qué ocurre entre ese momento en que la magdalena está en el plato y ese otro momento en que la magdalena es expulsada junto a otros alimentos en forma de excremento. Tal vez si conseguimos que se pregunte qué es lo que sucede en su cuerpo, logremos que le eche una ojeada al libro (o al recurso de turno).

En cualquier caso, “aprender” es una acción que requiere a un sujeto activo. No se trata de ver, sino de mirar. No se trata de oír, sino de escuchar. No se trata de que te lleven, sino de ir. Estoy de acuerdo en que los padres debemos implicarnos en el proceso de aprendizaje de nuestros hijos. Queramos o no, ya estamos implicados. Pero para mí esa implicación radica en la motivación, el cultivo de la curiosidad… y no en sentarse junto a ellos a hacer sus tareas.

En definitiva, (y creo en esto profundamente) cuanto más activos sean los padres en el aprendizaje de un hijo, más pasivo va a ser ese niño en su propio aprendizaje. Lo que queremos hacer es estimularle a la acción. Hacer que él tome las riendas de su aprendizaje y no llevarle a caballito de un curso a otro.

Transmitámosles entusiasmo por las cosas que nos rodean. Por la técnica (cuando viajemos), por el arte (visitando un museo), por la música (bailando con ellos), por la naturaleza (durante un paseo por el bosque). Incitémosles a la acción. Que monten un mecano parecido a esa hélice que vieron, que pinten un cuadro como el de aquella exposición, que compongan una canción… Convirtámoslos en sujetos activos de sus vidas. Que no tengan miedo a errar. Que crezcan emprendedores, sin miedo a construir sus sueños y a cambiar este mundo; para que no terminen siendo jóvenes aborregados que no aspiran a nada más que a superar una oposición para lograr un empleo de por vida. Que eso ya se acabó.

Esto no es más que mi opinión, rebelde sin causa (porque está claro que es difícil escapar a la educación reglada, así que lo que hago es escupir para arriba) pero bueno. Es probable que la faringitis que me priva de la voz me haya radicalizado un pelín.

Estaré encantada de leer tu opinión al respecto.

Enlazo otras visiones entorno al tema hábitos y técnicas de estudio propuesto por Merak Luna en el marco de su proyecto #hayvidadespuésdelos6

Un calendario de adviento con efecto retroactivo

¡Marchando una de DIY!

Un día lluvioso, tras otro. Desespero en casa. Un montón de pantalones irrecuperables que tu incipiente síndrome de Diógenes te impide tirar a la basura. Ya no son regalables, ni recuperables. Son de tercera o cuarta mano pero les tienes apego. (Te lo vas a tener que hacer mirar). Sabes que no eres la única obsesionada con los putos tejanos. Aún así, nunca encuentras el momento.

Pero el momento llega un día, agazapado detrás de un montón de ropa por lavar, te acecha y te salta a la yugular en forma de llanto infantil. “No tenemos calendario de advientooooooo”. Miras a los lados y te preguntas azorada, quién diablos se inventó eso del calendario de adviendo. Como si el mes de diciembre no estuviese ya suficientemente preñado de derroche (a las navidades de dos países, añádele dos cumpleaños). Sólo te faltaba esto.
El llanto infantil.
Y la lluvia.
Y los montones de ropa.
La que está por lavar.
La que está por estar.

Ha llegado el momento y lo sabes. Caminas hacia el armario y una gota de sudor resbala por tu frente. Ahí está. La máquina de coser que te regaló tu madre. Que se la pediste tú, no te hagas la loca. La sacas, le quitas la funda (y el polvo) y la instalas sobre la mesa del comedor. Voces infantiles gritan “¡¡Sí!! ¡¡Sí!!” y eso atenúa un poco el cielo mortecino y el espíritu grisáceo que te ronda.

Ea, si hay que ir… se va.
Y tú, ahora lo sabes, estás dispuesta a ir.

Aguja. Hilo. Tijeras. De punta pincho. De punta roma. De la cocina. Cartulina. Los susodichos pantalones y ese montón de manitas.
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Atrévete. Dale. Corta. levas taaanto tiempo esperando este momento. Da igual si queda un churro. Tus hijos tendrán calendario de adviento, que es lo único que te importa en esta mañana lluviosa de diciembre.
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Una vez has recortado los bolsillo (recuerda que necesitas veinticuatro) los distribuyes como buenamente puedas sobre la mesa y cuando lo ves más o menos claro. (Lo del “más o menos” es importante, porque claro del todo no vas a verlo nunca. Esto es como la vida misma). Dale. Sin miedo. Cose. Qué puede salir mal. Cose como si no hubiese un mañana y preocúpate sólo de no coserte un dedo. Tu hija, la mediana, querrá probar. Déjala. Ayúdala y sobretodo, alértala sobre el peligro de coserse el dedo. Es lo único que importa. Eso y que lo terminéis antes de fin de mes.
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Sus manos son delicadas y habilidosas. Aprovecha para sacar una foto y plantarla luego en el blog.
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Vas a necesitar números. Muchos. Esta tarea la dejas en manos de tus niños porque, no nos engañemos, la atracción que genera una tijera en un menor de edad es algo altamente inexplicable.
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Te ayudarán encantados y, lo más importante: estarán un rato entretenidos. Y estarán juntos porque las tijeras, a pesar de lo que muchos piensen, unen. Nenes pequeños, preadolescentes o adolescentes… todos son felices tijeras en mano. Es un fenómeno que tendría que estudiarse a fondo, si no lo ha hecho ya alguna universidad americana, de estas que avalan las estupideces que publica Yahoo.
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Al día siguiente, tras una noche de retoques mientras ves por enésima vez una reposición de Matrix (y coses dos veces el 19), faltarán todavía algunos retoques pero tu mediana te ayudará. Mientrastanto, la mayor perseguirá al pequeño, que estará ya hasta el gorro de tanta pretecnología.
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Listo. Sólo te queda colgarlo en la pared y llenarlo de golosinas para los golosos y, copiándole la idea a Arusca, añadir algunas notitas con acciones tipo “dale un abrazo al primero que te salga al paso” (en casa, se entiende).

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Y por supuesto, la última acción. Sácale una foto a vuestra obra antes de que aparezca hecha una pelota debajo del sofá.
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Y la historia tuvo final feliz porque los niños del cuento pudieron estrenar el calendario a día 6 de diciembre ¡y con efecto retroactivo! Lo cual significa que en un día vaciaron seis bolsillos.

La nota tierna la ha puesto mi hijo esta mañana cuando me ha dicho. “Mama, estos pantalones no me los cortes ¿eh?” (Un escalofrío me ha recorrido la espalda al pensar los efectos catastróficos que esta acción puede acarrearme. Glups.)

¿Qué dices? ¿Te gusta la idea? Estoy segura de que un par de pantalones irrecuperables en tu casa encuentras…

 

Ni gota, ni gota… (o la reina enferma)

Pues no. Este post no va de la retirada del pañal. :-)

Va de ooootra cosita.

Va de que vengo del hospital y después de llorar de dolor y compartir con  mis amigas perracas el diagnóstico y oír frente a la pantallita de whatsapp cómo se tronchaban de la risa, me he dispuesto a hacer lo que una de ellas me ha recomendado.

“Grimhilde, entrégate al Nolotil y ponte a escribir.”

Y después de pasarme un rato en el sofá con la pata en alto pensando en lo mucho que me cundió el día de ayer, a pesar del dolor punzante horroroso, y en que hoy se ha parado todo y no he podido sacar adelante lo que me había propuesto… Ante esta tesitura he decidido ser indulgente conmigo misma y convertir la parada obligatoria en una merecida jornada de reflexión. Así que voy a reflexionar mientras me dure el efecto analgésico (que tampoco es que sea de escándalo pero bueno).

El diagnóstico ha sido contundente. Yo tenía claro que se trataba del pinzamiento de un nervio, un mal movimiento, un zapato plano usado en exceso, que me entregarían a la fisioterapia… pim pam. Mi médico ha tenido claro, que soy el prototipo de paciente repelente que se lee dos páginas web y pretende saber más que él. Que lo soy. Lo reconozco. Y me ha mandado a rayos X para descartar una artrosis!! ¿Perdón? ¿Artrosis? ¿Yo? ¿Usted sabe con quién está hablando? ¡Que yo soy joven, oiga!

Sentada en una silla de ruedas, porque no podía dar un paso, he llegado a manos de la radióloga… La misma que no hace mucho irradiaba a mi quebrantahuesos. Al cabo de un rato, de un buen rato, el médico me ha anunciado que el hueso estaba bien, “si yo ya lo sabía, ya le he dicho yo que es el nervio, que esto me quema hasta la rodilla…”  y, con una sonrisa entre triunfal y socarrona, ha completado el diagnóstico. “Lo que tienes es un ataque de gota”.

“¿Que qué…? Pero si soy prácticamente vegetariana! que me está contando.”  Bueno, es cierto que este domingo, excepcionalmente, comí carne al mediodía y cené -de casualidad- una cheeseburger pero por favor… Pues al parecer, mi cuerpo que un día fue depredador y carnívoro a más no poder se ha habituado a la falta de carne y ahora… ¡ya no la soporta!

“Mire, no quiero que crea que soy una comedora compulsiva llorica, que yo a mis hijos los he parido con dolor (y del bueno), pero… haga el favor de abrir ese cajón y darme todas las drogas que tenga a mano, ¡porque esto no hay quien lo aguante!”  Luego veremos si me las tomo o no pero por lo menos he salido bien armada.

Y para terminar, a lo Escarlata O’Hara, pongo al último chuletón que comí por testigo de que lo peor de la gota no es el dolor insoportable… sino los chascarrillos de tus amistades.

“… y cómo le damos al marisco ¿eh?”

Reíd, malditos, reíd. Esta es otra de las cosas de las que un día me reí porque pensé que A MÍ jamás me pasaría!! Empiezo a tener una buena colección de esas cositas que a mí no iban a pasarme…

Anyway, por lo menos puedo decir que la enfermera encantadora y el médico, guasas a parte, también. ¿Ves como el Nolotil me pone simpática?

Y, llegados a este punto, os preguntaréis tal vez “Eeer… ¿y dónde está la reflexión?”

Por el brillo de mi Espejito, tengo que daros la razón. Así que ahí va la reflexión a modo de dicho popular: “Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, no te rías de él y pon las tuyas a remojar!” ;-)

Más Grimhilde aquí:

Blancanieves no da los buenos días

Blancanieves sal del baño ya que los enanos se mean

Maléfica Manicura

Grimhilde unplugged (osea, sin-espejo)

Ni gota, ni gota (o la reina enferma)

Grimhilde unplugged (osea, sin espejo)

No me miro mucho al espejo.  Ya no. Lo del espejito espejito es pura ficción. Ya no lo cato. Blancanieves me lo ha expropiado y mis 10 minutos en el baño dan para prioridades biológicas y aseo pero poco más.

La apariencia exterior ha dejado de ser prioritaria para mí (pip! error! lo sé) pero sí que he sido esclava de ese espejito tiempo atrás. En tiempos de adolescencia, en tiempos de descubierta. Cuando me preguntaba si podría gustarle a alguien. Si alguien iba a querer darme un beso. Preguntas que, quien más o menos, todo el mundo se ha hecho alguna vez ¿no?

A menudo, me descubría preguntándome si yo iba a ser digna de amor. Mis inseguridades solo podrían ser vencidas en el momento en que encontrara a alguien que me quisiera sin ser mi madre o mi padre (así de bien andaba yo de autoestima). Esas maléficas inseguridades que (oh maravilla, qué bien lo disimulas) me persiguen y me angustian hasta el día de hoy.

El antiguo “¿me querrá alguien alguna vez?” da paso a variopintas posibilidades.
¿Seré buena en esto o en lo otro? ¿Buena amante? ¿Buena amiga? ¿Buena madre? ¿Buena profesional? Se me acumula el trabajo…
Y lo más gordo: ¿tiene que venir alguien a confirmar que eres buena en todas tus empresas? ¿Y la seguridad en las propias capacidades para cuándo? ¿Para cuándo la convicción de que soy buena “loquesea” sin necesidad del beneplácito ajeno? ¿Qué pasa si esa seguridad en la bondad propia debe preceder al hecho de serlo de verdad? ¿Qué pasa si esa certeza es condición sine qua non para lograr la ansiada seguridad? ¿Y si para serlo de verdad, primero tienes que creértelo, tener la convicción de que lo eres y trabajar acorde a ello?

Algo así: “La buena madre que sé que soy no hará esto ni lo otro. La buena persona que he decidido ser, tomará esta desición y no aquella. La buena profesional que quiero ser hará lo correspondiente.”

Sí… querido/a lector/a, no te lo pierdas, resulta que esta entrada iba ¡¡de sexualidad!! La amiga Merak de Ciclogénesis Implosiva, nos propone un reto mensual: Una temática entorno a la adolescencia (#hayvidadespuésdelos6). Esta semana tocaba “sexualidad” y aquí estoy yo, perdida en mis pensamientos, largando semejante diatriba y aburriéndome a mi misma con mis miserias mentales.

Si me has leído un poquito lo sabrás: tengo en casa a una adolescente de regalo/préstamo, a la que quiero como si hubiera parido. En los albores de la vida adulta, Blancanieves pasa horas frente al espejo preguntándose quién le dará el primer beso. ¿Será Niall de One Direction? ¿Será Ed Sheeran o será “un pringaete”(*) al que todavía no conoce y que, muy probablemente, esté preguntándose en estos instantes algo similar? (O no. Vete a saber. No tengo ni idea de qué es lo que piensa un chaval de 14 años. Aunque probablemente no ande muy desencaminada).

Sexualidad y adolescencia. Gran tema. EL TEMA. No nos engañemos. En un momento dado, todo gira entorno a ello. Porque la sexualidad en el pensamiento, es una idea extremadamente potente.

Lo siento, Espejito, pero incluso para tí debe ser difícil encontrar un discurso para afrontar esta transición. porque mira que ni invocándote te has pronunciado ¿eh? ¿Es hoy la fiesta del Espejito? ¿Por qué me has dejado hoy sola ante el peligro?

El caso es que arranco esto con la descubierta de la sexualidad de un adolescente y me pierdo en mis propias inseguridades y digo yo… que no será casual. Que para conducir a nuestros niños hacia una sexualidad sana se me antoja importante hacerlos crecer con una autoestima sólida. Que salgan de casa con la mochila cargada de confianza en sí mismos y enorme respeto. Respeto hacia los demás, que se origina en el respeto hacia uno mismo. Parecen frasecillas de panfleto pero… no recuerdo épocas más felices que aquellas en las que me he sentido segura de mí misma y de lo que hacía (que también las ha habido). ¿Cómo inculcar eso en nuestros niños de hoy? Seguramente la palabra no es inculcar, sino transmitir… permitir que ellos lo perciban por sí mismos. ¿Tal vez queriendo y respetando a nuestros hijos de verdad?

Esta me parece la dificultad de “explicar” la sexualidad a los niños. La parte mecánica me parece coser y cantar. Con confianza y respeto no tiene porque generar muecas ni risas. Nuestros cuerpos deberían ser lo más natural del mundo. ¿Cuándo nos hemos alejado tanto de nuestra esencia corpórea? Vale ya de tanta idea y tanta abstracción erudita. ¿Hace falta explicar lo que es un abrazo? ¿Entonces porque hay que darle tantas vueltas a lo que es el sexo, si una de las mayores emociones de la vida es su descubierta? Luchemos por que nuestros jóvenes salgan de casa seguros de sí mismos, respetuosos y llenos de empatía por el prójimo y ellos sabrán encontrar a los compañero/as adecuados y establecer relaciones saludables. No creo que haya más misterio. La sexualidad es una faceta más de la vida que hay que afrontar con honestidad.

No puede ser que cierre un post sobre sexualidad así, y me quede tan ancha. ¿O sí?

Bueno, resumiendo y como diría mi hijo: “Bla-bla-bla…”

Si queréis más, visitad el post introductorio de Merak Luna, en el que además de sus pensamientos encontraréis una colección de enlaces maravillosos sobre el tema. :-)

Aquí Trimadre a los 30 ha tocado las mismas cuestiones pero de forma mucho más completa y estructurada.

 

(*) Lo de “pringaete” lo digo con todo el cariño del que soy capaz, que también tengo uno en casa.