Los mini-shorts de Blancanieves

Blancanieves-y-Rey(o el día que fui más lista)

Lo habitual es que la bruja sea yo. Que el conflicto estalle a mi alrededor porque como buena madrastra hablo demasiado y antes de tiempo.

Hoy he decidido ser más lista, que yo misma en capítulos anteriores, y practicar mi nuevo conjuro secreto: la “contención”. Esto lo hago respirando hondo y aplicando una técnica que estoy experimentando, que se llama “espera y deja que pringue el otro.”

Os pongo en situación:

Blancanieves nos anuncia durante el desyuno que ha quedado con una amiga del “insti” para ir a la plaza del Ayuntamiento a celebrar la victoria de su equipo de fútbol. Bien. El rey y yo nos miramos y asentimos con un monárquico balanceo de testa. Tendremos que hilar un plan solo para los peques.

Al rato, aparece Blancanieves en el salón con unos shorts bien cortitos. La veo y me engaño a mí misma “igual no pertende salir así a la calle… no digas na”. Superado el rato prudencial en que, normalmente, ya he dicho algo, oigo al Rey desde los aposentos de Blancanieves: “¡Pero que no puedes salir así!”

Y ella: Pero ¿por qué no?

Él: Pueees… porque son muy cortos.

Ella: ¡Y eso qué tiene que ver!

Blancanieves viene a mí buscando refuerzo parental. Recordemos que soy la madrastra y no es plan de ponerme dulzona, que luego se me suben a las barbas. Viene y me cuenta lo que yo ya he escuchado, lo cual me da un poco de tiempo para sopesar mi respuesta.

“¡Mira lo que me dice papa! ¿Tú qué crees? ¿Tan mal voy?”

A mí esa pregunta me encanta. Jo, que me da permiso para opinar… Y entonces voy y opino: Mujer, no… mal no vas. Te quedan muy bien pero es que hace un poco de fresco para salir así. ¿No te parece?

Titubea.

“Vale… Eso puedo entenderlo”. Y se va.

Busco la cámara oculta en las esquinas del comedor real. ¿Ya está? ¿Tan fácil? No puede ser.

En la cámara contigua continúa el griterío.

Ella: ¡Pero quién te crees que eres para decirme como tengo que vestir!

Él: ¿Tu padre? (Duda si añadir “y el rey”)

Ella: Pues a mis amigas sus padres no les dice lo que se pueden poner o no.

Él: Pues muy mal. Además, a mí no me importa lo que hagan los otros padres.

El rey, que normalmente no se chupa este tipo de conflictos, porque está más pendiente de reinar que de controlar el fondo de armario de su hija, alucina. Se acerca a mí y me mira como perdido y yo… (no voy a decir que haya disfrutado, que no) pero sí que me he sentido a salvo del drama, en mi esquinita del sofa. Y lo he agradecido.

La cosa a escalado hasta alcanzar cotas surrealistas.

Blancanieves: ¡Le he prometido a mi amiga que iríamos las dos en shorts y ahora… ¿qué quieres? ¿que la deje tirada?

Rey: ¿Pero qué tontería es esa? Pues la llamas y le dices que acabo de emitir un Decreto Ley para que cambiéis el código de vestimenta. ¡Que no vas a la playa! ¿No ves que en la ciudad queda raro ir así?

Blancanieves: Pero ¿por qué? Todas mis compañeras de clase van así.

Rey: ¿En serio…? (Parece que duda) ¡Pues tú no! (Ah, pues no duda).

Ella: Papá… eres pa-té-ti-co.

Uy lo que le ha dichooo… Yo me debato entre salir en defensa del Rey o hacer como que no lo he oído y seguir disfrutando de mi tranquilidad dominical, tan poco habitual. Opto por la segunda opción. Estoy orgullosa de mí misma. Logro mantenerme al margen. Hay que elegir las batallas. Y esta, hoy, no es la mía.

“Y papa, porfa… ¡No se te ocurra hacer como el día que me llamaste para decirme que no me había terminado el desayuno! ¡Estaba con cuatro amigas en el metro y fue bochornoso!”

Me parto de risa. Pero lo hago para mis adentros y con la pétrea elegancia de una gárgola.

Hoy he hecho un descubrimiento gigante y quiero compartirlo con vosotras, amigas, madres y madrastras implicadas: Si no entras al trapo, si permites que la cosa, a ver cómo lo digo, si permites que “te de un poco igual”, lo vas a manejar de forma taaaan diferente, que tendrás muchos más números para salir airosa.

Huyes de los argumentos que sabes que desmontará con facilidad o que la harán explotar y te sacas argumentos de la manga que descolocan al personal. Del tipo: “es que en Japón es habitual enseñar la pierna hasta arriba pero, si te fijas, aqui se lleva mas enseñar los hombros, cosa que allí se ve mucho menos”. ¿Eso salió de mi boca? WTF.

El mero hecho de tener que ponerse a buscar esas imágenes, genera descoloque en el adversario. Ha preparado contra-argumentos contra otras frases. Es muy importante el factor sorpresa. Tampoco quiero echarme flores. Seguramente, no ha sido más que un golpe de suerte pero hay que celebrar las pequeñas victorias cotidianas… y hoy me pilláis así, con dolor de cervicales y sin otra cosa mejor que celebrar.

“Blancanieves, mira, lo que le pasa a tu padre en el fondo es que…”

El real padre me mira con expresión interrogativa, como queriendo saber también qué es lo que le pasa en el fondo.

“… pues a tu padre lo que le da miedo es que, entre esa multitud de hinchas, haya alguno medio borracho al que le dé por tocarte el culo, lo cual seguro iba a incomodarte. Y al no estar ahí para poder protegerte, se queda más tranquilo si te pones un vaquero. Vamos, digo yo que será eso porque el short te queda de miedo.”

Blancanienves ha salido de casa monísima con una camiseta negra de manga corta, unos Jeggings (que, para el que no lo sepa, es un cruce entre vaqueros y leggings… que, para el que no lo sepa, son las mallas de toda la vida de Dios) y un colgante. No le hacia falta nada mas, ni nada menos.

El Rey me mira medio atónito con cara de ¿dónde has aprendido tú a manejar estos pollos?

Bueno querido, es que leo libros y blogs… y además, aunque no te lo creas, también he tenido 14 años y un padre que temblaba ante mi incipiente feminidad.

con ilustración de Nina L.

Y qué va a hacer por mí un coach, a ver

CRH / 和谐号

Pues mira.

De entrada, te va a mirar con unos ojos muy bonitos y te va a hacer preguntas. Muchas.

Al principio largarás, charlarás y verás como poco a poco ella te va atajando. No te equivoques. No es tu amiga, aunque te permita explayarte a gusto. No quiere reconfortarte. Quiere reconducirte. Que te hagas preguntas. Quiere que te cuestiones los pasos que estás dando. Lo pasado, pasado está. A quién le importa.

Lo que aquí nos atañe es qué vas a hacer ahora. Quiere ayudarte a que tú misma reconduzcas tus pasos. Te despistaste. Así lo sientes. Pero también crees que es posible retrazar la ruta, aunque no sepas cómo. Si no, no la habrías llamado, ni habrias programado una cita con ella.

Una vez más. Hoy es el primer dia del resto de tu vida. Pero esta vez puedes hacer que, de verdad, lo sea.

Hoy puedes empezar a dejar de emitir juicios sobre tus acciones. Todo lo laxa que puedes llegar a ser para con los demás. ¿Por que te castigas tanto? Tú lo llamas autocrítica pero es crítica estéril y mortificante, que lo único que logra es detener cada uno de tus intentos antes de lograr despegar. Y es que, volar alto da miedo. Mejor volar bajito y saber que puedes apearte en cualquier momento ¿Verdad?

No puedes subir a un tren de alta velocidad, si no has decidido adónde ir. Podrías alejarte del destino “bueno” con demasiada rapidez. Mejor el tranvía ese, de película antigua, del que puedes saltar en marcha en cualquier momento, en cuanto veas un paisaje atrayente.

Viajar en ese tranvia tiene su punto pero también su consecuencia y es que no tienes prisa por definir tu destino porque “ya lo irás viendo” y, total, atrapada en el día a día… y con la acción infantil que te rodea, te metes en la cama demasiado agotada como para replantearte la vida.

¿Tu has visto como está el salon? Déjate de filosofia barata y limpia. No hay pero que valga… ¡Que limpies te digo!

— HORAS DESPUES —

Amigas, he dejado la casa como los chorros del oro.

¿Qué te parece? Que es mentira, claro. Ha sido una especie de recurso retórico super cutre.

Dejémonos de recursos y volvamos al tren (y cómo te gustan las metáforas ferroviarias).

Es hora de tomar el AVE, o el ICE, o el Talgo. Da igual, ya me entiendes. Llegó el momento de definir tu destino y hacerte con un billete. Demasiado tiempo a la deriva, cazando mariposas que luego no te atreves a pinchar y terminas por dejar ir. Así que… pa qué.

Es hora de definir tu proxima estación.

Y no vale divagar.

No vale decir que tu meta es “definir tu meta”. (Si, tú lo has intentado pero ya has visto que no ha colado mucho…)

Así que defínete, chica. Define lo que buscas. Ponlo en palabras. Articúlalo.

Sí. Claro que es posible errar el tiro pero el permanecer en ese tranvía nostálgico NO es opción.

Hablar con tu coach es un poquito como hablar con la voz de tu concienca, Sólo que a tu concienca es más fácil callarla. Ignorarla. Hacer como que no oíste la pregunta. Sin embargo, de tu coach no te escapas. Con esos ojos como dos luceros penetrantes. No apartes la mirada, no. Ella espera tu respuesta. ¡Y le quedan 37 largos minutos para obtenerla! No va a cejar en su empeño. No te hagas ilusiones. Y si te vas por las ramas, ella te va a simplificar la pregunta. Tanto, que no podrás decir que no la entendiste. No te libras.

Y, entonces, tendrás que escuchar las cosas que salen de tu boca. Verbalizar esas respuestas te hará ¿Aceptarlas? ¿Creértelas? ¿Considerarlas? ¿Darte una oportunidad de ser la que se esconde en ti?

Te vas a ir a casa echa un lío, ya te lo digo. Y con tareas. Hecha un lío porque a veces la claridad da vértigo.

¿Te sientes un poquito Jeckill y Mr Hide? No creas. Pareces una chica de lo mas normalita. Una crisis de los 40 de lo más normalita. Ya… ¡Ah! Que tú no crees en esa crisis… Da igual. Llámala “Maite”, si lo prefieres.

Estás en crisis. Y lo sabes.

Visualiza a Julio Iglesias. Nadie es más convincente en estos casos.

Necesitas respuestas. Respuestas que no te va a dar nadie. Respuestas que han de salir de ti. Y debes dejarlas salir pero la resistencia a soltarlas no es nada despreciable.

Todo es tan dificil y a la vez tan fácil. O era al revés.

¿Que qué va a hacer por ti tu coach?

Va ser tu escudo contra tus propias mentiras.

Tu Pepito Grillo particular.

Te retará y recetará la ACCIÓN como única medicina.

Y te pedirá, por favor (y hasta con dulzura), que te permitas SER.

Sin juzgarte.

My gratitude to Tauno Tohk for the great shot!

Que te digo que esa lámpara tiene polvo

Cuéntame, Grimhilde, ¿qué cosas le preocupan a estas alturas a una bruja de tu calaña? ¿Te sientes realizada? ¿Es tu vida lo que de ella esperabas? ¿Has cumplido tus sueños de juventud? ¿Recuerdas los años en que creíste que TODO era posible? ¿Te lo has encontrado? ¿Fuiste a por ello?

Bue… Espejito, estás hoy de un tonto… ¿qué patraña es esta? ¿vas a entrevistarme?

Venga, enróllate, Grim… que estar pegado a una pared sin más espectativa que la de reflejarte a ti, no es el plan mas chachi que un espejito pueda imaginar. Yo acepto mi sino, acepta tú el tuyo.

Sí… Si ¿no? Supongo que tienes razón. Dale. Pregunta.

Pues eso, quiero saber si estas donde querías estar. Donde tu imaginaste que estarías a día de hoy.

Déjame pensar…

(La madrastra se arremanga la túnica negra y cruza las piernas. Se quita la cofia. Se pasa la mano por el pelo y alza la mirada para percatarse… ¡de la cantidad de polvo que tiene esta lámpara! Gira la cabeza en dirección a la ventana y un espasmo le recorre el brazo izquierdo. Sus cervicales intentan comunicarse con ella. Malditas… Suspira.)

Pues mira, te diré que las cosas no son exactamente como las imaginé. Son diferentes. No voy a entrar a evaluar si mejor o peor porque, en definitiva, eso depende de mí… O por lo menos eso dice mi “coach”. Mira, la cosa está dificil. Una cosa es ser reina en tu casa (que ya se las trae) y otra cosa es ser reina en territorio ajeno… Por mucho que te acepten en el Colegio Oficial de Brujas y Madrastras, luego tienes que encontrar clientela. Y cuando te pones a ello, resulta que tus pocimas son obsoletas o adaptadas a otra climatología. Entonces llegas al famoso “reciclarse o morir”… Y te pones y te lo planteas y lo intentas, para darte cuenta de que lo de reciclarse es mas bien un renacer, un volver a empezar y ¡entonces! La pregunta del millon te asalta: “Y si vuelvo a empezar… ¿vuelvo a empezar con lo mismo o me lanzo a un mundo nuevo?” y entonces cuando…

Tiroríiii…

CON-TI-NUA-RÁ

¿Cómo que “tirorí”? ¿¡Qué coño de continuará!? Continúa, que mira que te gusta dramatizar.

Otro suspiro.

(La Reina, acalorada mira la lámpara de nuevo)

Blancanieves me preocupa. Sabes qué me preocupa que la veo perdida. La veo empezando cosas que no termina. La veo huyendo de situaciones que se le escapan y me preocupa porque me veo a mí en ella. ¡Pero a mi yo de ahora!

Que cuando yo tenia 14 años tenía claro lo que quería… (o eso creía). Treinta años despues descubro que ya no quiero esas cosas que un día quise (o creí querer). Me preocupa que ella haya entrado en este bucle tan pronto, aunque… pensándolo bien, tal vez no debiera preocuparme. Tal vez sea ese el momento de perderse y no a mis años. ¡Tal vez a mi edad ella ya sabrá lo que yo todavia no sé!

Yiiiiii… No sé que me cabrea más, que sea más joven, que sea más bella o que dé antes que yo, con el sentido de la vida!!

Jaaajajaajjaja…

(Se ríe con esa típica risa absurda de bruja que dices, “pa que te ríes? Si mas te vale llorar, Tontucia”)

Es risa nerviosa, ya te digo. Tal vez si yo, con 14, no hubiera sabido a dónde iba, ¡ya habría llegado!

Reina, me tienes descolocado. No te lo tomes a mal, te lo digo desde mi más profundo y servil respeto pero… me estas aburriendo soberanamente.

Servil dice… pero te comprendo, Espejito. Últimamente, me aburro a mí misma. Si te parece más ameno, te hablo del “reparto de las tareas del hogar:-)

Cuéntame reina, cuéntame. Te prefiero malvada y quejica que buscándole sentido a la vida.

Pues verás. Un día me puse a escribir sobre este tema y terminé llorando… Por ahí debe andar el borrador. No quiero ni molestarme en buscarlo. Te lo voy a resumir muy facilito en este cuadrito chachi.

Vaya como siempre que escribo aquí, termino por darme cuenta de que la cosa no está tan mal… Eso, o que escribir me pone de buen humor.

No, si al final… ¡Hasta terminaré por dar con el sentido de la vida! Todo es ponerse, oye.
¡Y aquí hay más! Enlaza al proyecto #hayvidadespuésdelos6 de @MerakLuna :-)

Sentir, pensar, hacer

melted me and guitar

Me pregunto cuál es el orden adecuado, si es que lo hay.
“Pienso” que debo hacer ESTO pero luego “siento” que me equivoco y ese sentimiento me impide pasar a la “acción”.

Parece que lo lógico es tomar decisiones con cierto sentido, empleando nuestro raciocinio, en la medida de nuestras capacidades. Me empleo a fondo y mi cabeza emite un veredicto claro y consistente. O eso parece.

Mi yo racional lo aprueba. Parece lo más lógico y sensato así que ¿Por qué no?

Mi entorno lo aprueba y me jalea y yo me arremango la falta y, llevada por una melodía que solo oigo a ratos, empiezo a taconear (aunque sin mucho convencimiento).

Y entonces sucede algo que ya ha sucedido otras veces. Una vez tomada la decisión “racional”, la que parece “correcta” aparece indefectiblemente el Señor Entrañas, para echarlo todo por tierra con argumentos insensatos o, directamente, sin argumento alguno.

Sin más argumento que “siento que no debo hacerlo”. ¿Pero qué argumento es ese “siento que”? Háblame de cosas tangibles, háblame de hechos.

Siento que no se nos permite sentir. Y además lo siento en las dos acepciones: lo percibo y lo lamento.

Alguien me preguntó ayer “Pero ese fregao (ella no dijo fregao, dijo proyecto) en que te has metido… ¿ES TU SUEÑO realmente?

Y yo morí de vergüenza y casi me echo a llorar al ver que no pude contestar rápidamente que sí. Porque en mi mundo de dudas una cosa sí que aprendí. Y es que lo que no es un “sí con resorte”, un “sí automático”, un sí antes de que el otro termine de formular a pregunta… va a ser, con mucha probabilidad, un NO.

Pero de nuevo, esto no es una ciencia exacta. Si lo fuera, desaparecerían las dudas ¿no?

La preciosa imagen que encabeza el post es una gentileza AlmaArte Photography

Ciencia cognitiva, Eduard Punset, Psicología: Ayuda a las personas… Interesantes escritos acerca de la toma de decisiones, que suele producirse en algún lugar entre el corazón y la mente…

Morir o… morir

Clock face
Necesitamos la vida entera para aprender a vivir, y también – cosa sorprendente – para aprender a morir.
Séneca  (2 AC-65)

Morir o… morir. That is the question.

– “Mamá, ¿sabes adónde va esa señora?”

(Se refiere a una anciana de pelo canoso, que camina vigorosa delante de nosotras, llevando consigo un enorme ramo de flores.)

– “No se hija… ¿Adónde?”

– “Pues está claro, mamá: Al cielo.” 

(Acompañado de cara de “que no te enteras”)

Acababa de fallecer mi abuela.

Y casi me troncho de la risa en plena calle ante la perspectiva de lo que “el cielo” era, en esos momentos, para mi hija de tres años.

Contra las sugerencias de la familia la había llevado al tanatorio conmigo. Pensé que confrontarla con la muerte de un ser querido a tan tierna edad podría incluso ser constructivo. No dejaba de ser un experimento (como cualquier otro acto en una maternidad primeriza).

“Muy mal” -me dijo alguno.

Yo dudé.

¿Le habré causado, sin quererlo, un trauma a mi hija por mostrarle a mi yaya María durmiente, en túnica blanca y cubierta de flores? Estaba preciosa y transmitía calma y sosiego.

– “Si parece Blancanieves, mamá!”

Y es que los que complicamos las cosas somos los mayores. Los pequeños lo ven todo muy claro. No solo comprenden las situaciones, sino que hasta son capaces de hacérnoslas ver desde otra perspectiva, más sana.

Mi hija recuerda a mi abuela y la menciona a menudo, lo cual me da a entender que el pensamiento de su desaparición no le genera miedo.

A los 10 años, por supuesto, la muerte sigue sin ser su tema de conversación favorito.

Justo el otro día, me comentaba que en clase están hablando de la muerte y del sufrimiento y que mucho mucho no le apetecía…

A mí me parece un ejercicio necesario el confrontar a nuestros niños con estos temas difíciles de forma abierta. Conversar. Explicar las cosas como buenamente podamos.

Unos necesitarán un cielo. Otros prefieren el final abierto de asociar todo final a un nuevo principio. Los hay que presentan la muerte como el final de los finales. Ahí cada cual que se lo pinte como pueda/quiera/sepa.

Mi hijo pequeño tiene varias teorías al respecto:

1. Cuando llegas a 100 (años), vuelves a empezar desde cero. (Ojo que tampoco es mal plan. Aunque menudo reset.)

2. Él se hace mayor y yo me hago pequeña. Ahora yo manejo la bici y él va sentado en la silla detrás… pero cuando él sea mayor (y por ende yo peque) cambiaremos sitio y lo haremos al revés. Y yo sueño con esa posibilidad.

Durante un paseo por el cementerio (si eso, otro día ya os cuento que hay gente que pasea por los cementerios) me dijo, con cara de científico frente a gran descubrimiento:

“¿Sabes una cosa, mamá? ¡Aquí todos estan muertos!”

Y señalando una por una diversas tumbas (y alargando las “o” para darle más dramatismo al tema) iba recitando:

“Este esta muertooo, este esta muertooo, este también esta muertoooo… ¡Mamá! Cuando te mueres, te meten debajo de la tierra y te ponen flores encima pero ¿Sabes qué? Cuando tú te mueras y te metan ahí, yo vendré… ¡y te sacaré!”

… y yo sentí algo a medio camino entre la risa floja y el alivio infinito.

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La primera muerte que yo viví de cerca fue la de mi bisabuela. (Y es que, en mi infancia barcelonesa,  no eramos muy dados a pasear por los cementerios).

El caso es que el fallecimiento de mi bisabuela supuso una despedida para la que hacía aaaaaaaños que ella ya nos preparaba. Tooooodas las navidades, desde que tengo uso de razón, nos alertaba de su más que probable inminente partida.

Con un “bueeeeeno, puede que sea el ultimo año” paseaba su mirada por nuestras caras, sopesando nuestra tristeza ante esa perspectiva. No tardaba mucho en retomar su energía (y su guasa) para ponerse a darle a la zambomba y cantar villancicos como si no hubiera un mañana.

Pero ya lo creo que los hubo.

Hubo mañanas. Muchos. Hubo años y años de mañanas y de villancicos. Años y años de zambomba. Tantos que, cuando al final sucedió lo que nos venía anunciando con escrupulosa regularidad, no supimos si tirar del “si ya nos lo decía” o del “¡nos ha estado tomando el pelo durante años!”

Mi bisabuela no tuvo una vida fácil. Sacó dos hijos adelante sola en tiempos de posguerra. Memorizó todo el refranero español y se ocupó de transmitírselo a sus vástagos y al resto de la prole con un afán inusitado. Nos contó cuentos cuando nadie más lo hacía. Hizo colchas de ganchillo a porrillo para cubrir a las generaciones futuras. Superó la operación de cataratas, la fractura de fémur… Lo del “nos va a enterrar a todos” se nos antojaba cada vez más factible hasta que un día nos dio la sorpresa. Y se fue.

Esas Navidades no recuerdo si hubo villancicos. Y si alguien se atrevió a tocar la zambomba fue más a modo de homenaje que de otra cosa.

Cuando se fue yo tenía 21 años y ella me había estado avisando toda la vida de que eso iba a suceder. Así que, de algún modo, estaba preparada para ese “adiós”.

Aunque, en realidad, nunca se fue del todo. Porque historias como la de “María sarmiento, que se fue a cagar y se la llevo el viento” nos van a perseguir ineludiblemente hasta el fin de nuestros días.

Siete años más tarde, falleció a mi abuelo. Mi abuelo era muy dicharachero y esa es la imagen que de él conservo. Lo visualizo gastando bromas. Riéndose de las manías de otros. O pellizcándole el culo a mi abuela.

Esa pérdida la viví desde la lejanía. No sé si los kilómetros atenuaron el dolor (o yo viví una fase insensible de mi vida). De un modo u otro, también asocié esa pérdida a la famosa “ley de vida” que parece reconciliarnos con la muerte. Estuve triste. Lo sentí mucho. Pero digamos que esa despedida tampoco me rompió por dentro.

Otras personas queridas fallecieron y mis visitas a tanatorios y cementerios aunque raras, ya no eran inexistentes. La muerte había entrado sigilosamente en mi vida. Sin grandes aspavientos se hizo presente.

Fue un día, en que andaba yo tan tranquila por la vida cazando mariposas cuando de repente, las cosas se torcieron como jamás habría imaginado. El sueño se esfumó y yo perdí a una persona muy importante mi vida.

Una persona que me había elegido para crecer dentro de mí. Creció, creció y quiso ver el mundo antes de tiempo. Nada se pudo hacer para detener su ímpetu por ver la luz. Y este fue el traspié que me envió a mí directa a las tinieblas.

Caí en el desconsuelo más profundo y perdí el mundo de vista. Así que entré de lleno en ese agujero negro, que lo chupó todo. En esos días aprendí que el negro del luto no es un color, sino un sentir.

Seguro que murieron personas en esos primeros 21 años en que yo no pisé un tanatorio. Imagino que mis padres quisieron ahorrarnos visiones “poco adecuadas para la infancia” (porque imagino que en 21 años tiene que palmarla mucha gente…)

La realidad es que no experimenté muerte en mi infancia. Más allá de lo que atisbaba en los telediarios (que en ocasiones podía llegar a ser aterrador). En mi niñez, la muerte era algo terrible pero, por suerte, lejano y ajeno. Qué suerte la mía. ¿No?

Ahora pienso que llegué a los 35 sin haber hecho los deberes de la vida:

Aceptar la muerte.

Sin más. Sin explicaciones. Sin relación causa-efecto. Sin sentido. Sin justicia. La muerte llega y te la pega y te deja perpleja, sin saber hacia adónde correr.

Lo que concluyo con todo esto es que quizás ahorrar “disgustos” a nuestros hijos, no les reporta ningún bien a la larga. Pienso que confrontarlos con situaciones difíciles, a la vez que se sienten arropados por nuestra presencia, forma su carácter y les prepara para afrontar los futuros reveses de la vida.

Crecí con la certeza de que había ciertas cosas que “a mí” no me iban a pasar. Ahora sé que en la vida no estás a salvo de nada.

No quiero decir que yo hubiera vivido mi pérdida de otro modo si hubiera conocido pérdidas ajenas porque no puedo saberlo pero… De algún modo, intuyo que habría tenido más herramientas para sobrellevar esta vivencia.

¿Quién sabe?

Que conste que aquí no hay reproches. Como siempre, esto no es más que una reflexión trasnochada.

La imagen con la que arranca el post es una gentileza de Stevie Gill.

… y aquí encontrarás más lecturas relacionadas con cómo tratar el tema de la #muerte con los hijos. Una nueva entrega del proyecto #hayvidadespuésdelos6, iniciativa de la bloguera Merak Luna.

Menos es más…

less is more

… pero más es mejor. No fastidies.

Estoy de acuerdo con Mies van der Rohe en que “menos es más” en cuanto a objetos y cuestiones materiales. Sin embargo, si hablamos de tiempo… ¡todo el tiempo es poco!

Todo lo que tengo que leer todavía, aprender y re-aprender, recordar, desempolvar… Necesito tiempo para ponerme en forma, otra vez. Me paso la vida teniendo que regenerarme. Cansa pero no hay más remedio y entonces es cuando me asalta el drama del tiempo limitado, limitadísimo, del que disponemos.

Cuando era una cría, no me interesaba ni me precupaba excesivamente el futuro. A medida que pasa el tiempo y la vida, y se supone que tendría que familiarizarme y aceptar el término muerte, más me alejo de él.

Hace unos años pedía 20 años extra para ver a mi hija mayor. Para no abandonarla en su niñez. Ahora miro a mi hijo y no me basta con verle flacucho, con barba y pies del tamaño de una lancha. Ahora quiero verle hecho un hombre de anchas espaldas. Con el pelo canoso. Quiero conocer a sus hijos, cuidar a mis nietos.

“Era mayor, ya vivió su vida”. Ninguna vida es suficientemente larga. Me siento insaciable. Ávida de horas. Quiero más, mucho más… TIEMPO.

Todo lo demás os lo podéis quedar.

La imagen que encabeza el post ha sido cedida por Floriana.

La farsa de mi vida

Merecer o no merecer… That is the question

El caso es que llevo años, sintiéndome una farsante y estoy hasta el mismísimo.

Hace más de 20 años, cuando entré a hacer mis prácticas en aquel estudio de arquitectura pensé “he entrado porque mi amigo me ha recomendado, no por mérito propio” y cuando entré en el siguiente volvió a ser porque alguien de dentro, que había trabajado conmigo en en el despacho anterior, habló bien de mí “porque le caigo bien” -pensé yo. Una “amigo” mío lo celebró con un “qué injusta es la vida” y yo tuve que darle la razón porque claro, era injusto que me cogieran a mí y no a él… que ni siquiera había solicitado el trabajo. En el primer despacho estuve unos cuatro años, en el segundo acabé quedándome casi cinco.

Años más tarde solicité una beca para estudiar en el extranjero y, contra todo (mi) pronóstico, se equivocaron y me la dieron. Parece que la recomendación de mi jefe coló. Pero es que esa recomendación era un requisito y cada uno presentaba la suya. La mía “coló”. De nuevo “ocupando el puesto que le correspondería a otro”. Y esa sensación de desasosiego de “en cualquier momento se van a dar cuenta y les voy a defraudar”. Creía que con el tiempo ese sentimiento extraño iría menguando, a medida que ganara seguridad en mí misma, pero los años han pasado (muchos) y sigo comportándome como una estúpida.

A mi pareja, lo miro a menudo y pienso… “Joer, con el tiempo que llevamos juntos y todavía no se ha dado cuenta. No sabe quien soy, porque si lo supiera no estaría conmigo. ¿Y esos niños que tengo en casa? No me los merezco. ¿Por qué?” Y lo atribuyo a mi buena estrella o a un despiste cósmico. Y sigo con el corazón en un puño, cuando una amiga me propone que nos asociemos para trabajar juntas. “¡Qué descalabro! En cuanto se dé cuenta se acaba nuestra amistad.”

Y ahora, en un nuevo capítulo de “La Mujer Farsante”, voy a solicitar mi colegiatura en este rincón del mundo. He presentado, pulcramente, toda mi documentación en este idioma del demonio, que jamás dominaré. Creo que cumplo los requisitos. Aún así, lo repaso una y mil veces para encontrar el gazapo, porque seguro que lo hay. Seguro que encuentran la razón para no darme acceso porqué en realidad… ¿Me lo merezco?

¿Se puede ser más mema?
¿Se puede peinar tanta cana, como peino, y seguir con esas inseguridades adolescentes?

No se trata de merecer o no merecer las cosas. Se trata de ir a por ellas y dejarse sorprender por la vida. Y cuando la vida te las niegue, a otra cosa mariposa. O la misma una y otra vez.

Es tan fácil como cambiar un “¿Podré?” por un “¡Podré!” (como el día que casi salgo a cenar con Harrison Ford…)

“Querido 2015, te pido que seas el año que me libre de la maldición del farsante. Déjame cagarla a gusto y sin miedo de decepcionar a nadie que no sea yo misma. ¡Hombre, ya!”

Tengo unas cuantas amigas que me han confirmado haber experimentado este sentimiento. ¿Es una cosa sólo de mujeres? ¿Puede un hombre sentirse un farsante? ¿O nosotras nos lo contamos y vosotros no? Porfa, algún hombre que me saque de dudas…