Sopas, sopitas…

diciembre 14, 2011 § 2 comentarios

ESTO es el sostén de este nuestro hogar. Esta bola, este ovillo que yace acurrucado en mi cama es el hombre de nuestra casa. El pobre. Está hecho una birria desde hace días y hoy ha sido el no va más. Me he puesto los rulos, las pantuflas y la bata de guatiné y le he obligado (rodillo pastelero en mano) a quedarse en la camica que asín (con los mocos colgando) no puede uno ir a ningún lao. Y ahí se ha quedo el pobre, no ha dicho ni mu. Me he quitao rápidamente la bata de guatiné y las pantuflas, he guardado los rulos y la teta y me he puesto los palillos de los ojos y de ropa lo primero que he pillado, para llevar a la nena al cole. Ella en patinete, yo corriendo delante haciendo de liebre. Ni un alma por la calle. “Mama és tard?” No hija no, es mu pronto… es que vamos las primeras. Hemos desarrollado una velocidad de crucero suficiente como para empezar a adelantar a nenes con carteras lo cual ha calmado su ánimo (y el mío, que sin teléfono móvil que me diga la hora no soy persona y ayer se me rompió). Hemos batido el récord de velocidad de colgada de chaqueta y puesta de zapatillas (llevan zapatillas en el cole!), saludito con la manita y a la clase. A la vuelta me he encontrado todavía con mamas, papas y nenes que se apresuraban para llegar a la escuela antes de las 8:00 (que es que no son horas de sacar a la gente de su casa…) y me he sentido una campeona y así, con el triunfo en mis manos y un estómago que me recordaba a gruñidos que ni duchada, ni desayunada, he puesto pies en polvorosa con las últimas energías que me quedaban para regresar (en patinete, ojo) al hogar.

Allí, en el hogar, me esperaba el ovillo, moribundo. Que hay que ver lo fuerte que le pega el resfriado a los hombres con tó lo grandes que son. Ovillo y ovillete. Ovillete se ha alegrado de verme y me ha hecho unas fiestas. Ovillo me ha dedicado un gruñido, casi tan locuaz como los de mi estómago. “Vayamos por partes”, como decía mi abuelo, lo primero es lo primero así que: ¡a desayunar! Después me he colgao a ovillete al pecho, haciendo uso de una mochila muy chula que acabo de agenciarme, que se supone distribuye el peso de manera que “oye, si no se nota nada” (eh, Marta? “tú deixa anar d’aquí, jo deixo anar d’allà… i la bossa va sola!”). Pero oye, siete kilos son siete kilos te los cuelgues de donde te los cuelgues. Pues así, con mis siete kilos y pico de más y las manoletinas de verano, porque las botas con cordones no he tenido coraje de abrochármelas, con el fardo colgado, por miedo a partirme por la mitad en el intento, he bajado al súper a comprar los ingredientes necesarios para cocer el brebaje del druida Panoramix (o sea la poción con que mi madre me devolvió a la vida tras parir a su nieto).
“Cariño, hoy sopa” y, después de acostar al peque, que saturado de las compras ha caido en un profundo sopor, entro en la cocina como unos cascabeles con todas las hortalizas que he pillado en el súper, a saber:
– cebolla
– zanahoria
– raíz de perejil
– patatas (nooooooo… patatas no, que al hacer este listado me doy cuenta de que se me han olvidado. Además, no son hortaliza sino tubéeeeerculo, que no es lo mismo que ver tu…)
– coliflor
– hinojo
– osso bucco de toro joven (toma! tomaaaa!)
– paticas de pollo
– apio, raíz, ramitas, todo! hasta las hojas!
– y, cómo no, garbanzos!

¡Hala! ¡todo a la olla! en una hora vuelvo a ver qué ha pasado…

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