Escapada a Berlín

octubre 24, 2012 § Deja un comentario

Una docena de cosas que te pueden pasar si te escapas en solitario, madre de tus hijos

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Hace poco, y tras arduas negociaciones con el padres de las criaturas, hice una escapada de dos días con la excusa de unas ponencias ofrecidas en el marco de la Social Media Week, que tuvo lugar esta semana en Berlín. No voy a hacer una lista de las cosas que allí escuché acerca de los mercados sostenibles y la pequeña empresa (que podría ser tema para otra lista), sino más bien sobre cómo lo viví a nivel personal, dejando en casa mi rol de mamá de sus pollitos para lanzarme (con un espolón calcáreo en el pie izquierdo, que casi no me deja caminar)… ¡a la aventura!

Estas son las cosas que según mi experiencia reciente te pueden pasar, madre de tus hijos, si haces una mini-escapada en solitario. (Si eres de las que logra largarse de vacaciones sola, una semana, sin que nadie se rasgue las vestiduras… tienes todos mis respetos, ya, de por vida.

1. Recuerdas la persona que eres

De hecho, recuerdas que eres persona. Que tu higiene personal importa (más allá de la ducha exprés), que seleccionar la música que quieres escuchar importa y que leer esa revista, que pillaste a la carrera en el quiosco momentos antes de saltar al tren, también importa. Entre otras cosas porque contiene un artículo gracias al cual:

2. Te reafirmas en tu deseo de seguir aprendiendo

Recuperas consciencia de lo mucho que todavía puedes y debes aprender, a pesar de hallarte en lo que muchos se empeñan en llamar “edad adulta”, “período de madurez” o (los más catastrofistas) “inicio de la cuesta abajo”. Un idioma, un instrumento, un deporte, una técnica pictórica, macramé… lo que sea, pero no dejar de aprender.

3. Redescubres tu atractivo

El cristal de la ventanilla te devuelve un reflejo borroso, que te recuerda a aquella chica intrépida (creías tú. Digo creías tú, porque para viajar con una mochilita no hace falta ser muy intrépida, chata. Ser intrépida es lanzarte a la maternidad ¡con sólo dos manos!) OJO. Es importante que el reflejo sea el de la ventanilla del tren y no el del espejo del lavabo (en el cual esta ensoñación pierde bastante glamour)

4. Echas de menos a tus hijos, sí pero…

¡Sobrevives! Y te das cuenta de lo mucho que echabas de menos (sin saberlo) a la persona que habita en ti, que sigue creciendo y también requiere urgentemente tu atención y cuidados.

5. Escuchas y oyes, miras y ves

De repente, dejas de ir a todos lados como un zombie empujando un cochecito (entre otras cosas porque esa noche, en esa butaca incomodísima del tren, SÍ que has dormido.)

6. Usas tus manos para sostener TUS cosas

Tu bolso, tu móvil, tu cámara, tu bagel con salmón, tu libretica, tu boli… ¡y todavía te sobran manos! Ten sientes tan ágil y capaz que casi no comprendes cómo minutos más tarde…

7. ¡Un desconocido te sujeta la puerta!

Y todo porque llevas un café en la mano. Sí, lo demás (menos el bagel) ya te lo habías metido en el bolso y te preguntas, no sin cierta ironía… ¿dónde puñetas están estos tipos cuando voy con los nenes cargada hasta las cejas y abriendo puertas con los dientes? ¿Eh? Aún así, elegante que eres, te metes tu sarcasmo en el bolsillo y sonríes agradecida ¿y coqueta?

8. Puedes presentarte tranquilamente con tu nombre de pila

… y nadie, en serio, nadie espera que lo completes con el clásico “madre de” (és más, ¡no lo hagas!)

9. En tus fotografías vuelven a aparecer motivos de antaño

Paisajes, objetos, edificios, gente, frases escritas en el suelo, grafitis, papeleras, bancos, fachadas de cristal… lo típico vaya, antes de que te vuelvas loca y nada te parezca más digno de ser fotografiado que tus churrumbelillos que, hombre sí, son monos… pero casi habías olvidado que ahí afuera ¡el mundo sigue girando!

10. Tienes algo “excitante” que compartir

Se lo puedes contar a tus amigos en esa cena del sábado, a tus vecinos en el ascensor, a la cajera del súper… igual hasta te animas a escribir un post sobre las secuelillas que la experiencia ha dejado en ti y todo.

11. Regresas a tu casa relajada, renovada y feliz

Tu hija pega un grito en el interfono cuando oye tu voz… Grita: “¡Mama está aquí! ¡Mamá está aquí!” se la oye contenta de que estés aquí. Tu hijo te mira con una sonrisa incrédula a los ojos y a los pechos, a los ojos y a los pechos. Tus hijos no te lo dicen pero “tú sabes” que te han echado de menos. Ellos te reciben con los brazos (más o menos) abiertos.

12. Tu marido/novio/compañero/comparsa… no tanto

No tan abiertos los brazos, quiero decir… ¡a ver! ¡es que le duelen de cargar, el pobre, con todo!
;-)

Estamos hablando de una necesidad, un deber, un regalo para ti y para tus hijos. Oxigénate. Tú lo notarás y ellos también. Dudarás, te parecerá que sin ti las cosas no funcionarán igual. Con razón, porque igual, igual no van a funcionar… pero estate tranquila porque, de un modo u otro, lo harán.

Fotografía cortesía de Metro Centric, con licencia Creative Commons.

Publicado por  en 15 oct, 2012 en destacadasModus VivendiOcioSalud y Personas como colaboración en Unadocenade.com

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