el club de las indignadas

noviembre 16, 2012 § 2 comentarios

Foto de Romana Correale

Dos amigas me han tocado la fibra esta semana.

Una de ellas se desespera porque se da cuenta, una vez tras otra, que no puede cambiar el mundo, que todo sigue igual de mal que tiempo atrás y se debate entre cambiar ella o tirarse al río. La otra se despierta una mañana indignada porque “está todo mal”. Le duele, de forma recurrente, la hipocresía del día a día. El vivir tan alienados de la naturaleza y de las personas.

De esos momentos de lucidez tremebunda no hay que huir. Hay que saltar a ellos nadar en el desconcierto que producen y escupírselos a la cara a tus amigas, como las dos hicieron. Estos dos accesos de cabreo en una semana han servido para recordarme que ese es precisamente el tipo de personas de las que quiero rodearme. Esas personas, las que no se conforman y saben lo que es la auto-crítica, son las que cambian el mundo.

Quiero a mis amigas pero muy especialmente a las que se cabrean, a las que lloran y pillan berrinches que reconocen a la legua. Mujeres que se desesperan y se indignan con el mundo, con la gente que las rodea con todos los que somos, de un modo u otro, responsables de que las cosas no funcionen mejor. De rebote, me doy cuenta de que aborrezco a la gente conformista y sumisa. A los que dicen “pero bueno, es así… ¿qué le quieres hacer? Hay que adaptarse…”

¡Un momento! ¡No confundamos! Nos están liando. Hoy en día lo de la flexibilidad y la adaptabilidad al entorno está muy de moda y pelín sobrevalorado. Mola mucho poner eso en tu currículum: “Señores, que yo me adapto, que soy flexible” Bueno, bueno…  Una cosa es ser flexible y otra, muy diferente y mucho más difícil, es aprender a aceptar las cosas que en modo alguno podríamos cambiar. Yo luché mucho tiempo contra molinos de viento… y al final perdí. Comprendí (aunque no fue inmediato) que hay cosas que hay que aceptar. Hay cosas que hay que dejar escapar porque no eran para nosotros por más que las quisiéramos. Hay vivencias que hay que abrazar con humildad porque de lo contrario pueden consumirte y acabar (literalmente) contigo. Sin embargo, no debemos confundir esto con ser dócil y tragarse todos los sapos del mundo o dejar que otros se los traguen sin hacer nada por evitarlo.

Hay muchas cosas que SÍ podemos cambiar y ante esas cosas es ante las que nos hemos de indignar patalear y luchar a mordiscos para cambiar lo que está mal. Vencer los prejuicios y la pereza y cambiar lo que no funciona. Así que… amigas que tocáis los cojones, seguid haciéndolo ¡que así os quiero! No dejéis de recordar a las que nos despistamos, que ahí afuera hay muchas cosas que están mal ¡que hay que cambiar!

¿Por dónde empezamos…?

Foto: Romana Correale

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