Perdóname, amigo erizo

noviembre 27, 2012 § 8 comentarios


Que tus hijos hablen tu idioma parece la cosa más natural del mundo. Sin embargo, deja de serlo en el momento en que abandonas tu país. Poco a poco, lo que para cualquier hijo de vecino es lo obvio, para ti se convierte en tu cruzada personal. Es entonces cuando empiezas a hacer cosas raras como reunirte con otras madres, inmersas en esa misma batalla, con tal de crear una especie de comunidad, que reproduzca en miniatura la sociedad que dejaste atrás.

Llevada por el entusiasmo que produce que TU hijo se dirija a ti en TU lengua, te unes a ellas para organizar actividades que estimulen la verborrea de los nenes y, con este firme propósito: cantáis canciones, hacéis manualidades, contáis cuentos, asáis castañas y panellets y lo que se os ocurra… con la esperanza de que TUS HIJOS dejarán de verte como un bicho raro que habla, poco menos que, chino.

Hay críos que llevan esa diferencia mejor que otros… Cada niño es un mundo, cada familia un universo aparte. El caso es que este viernes te toca a ti, le toca a tu hija hacer una presentación sobre un animalejo. Tú, no sabes por qué, habías imaginado algo con pelo suave, blandito, orejas grandes a ser posible, ojos expresivos… no importa. Mientras tú te montas tu película, tu hija tiene claro que: o el erizo o la foca. ¿Seguro? Le sueltas tú, así, como alarmada. ¿No preferirías hacerlo del…? Que no, mamá. El erizo o la foca.

Con el transcurrir de la semana va concretando tu hija, que lo que en realidad le mola (como tu te estabas temiendo) es el erizo. ¿Qué decir del erizo? Hija, no vas a salirles con que pincha… tendrás que contarles algo más. Ella (que para estas cosas es bastante sobradita como su papa):

Tú tranquila, mama, que yo ya lo sé todo de los erizos.

¡Que ella ya lo sabe todo de los erizos! Perpleja, ante tal aseveración, no te queda otra que preguntarle: A ver hija, ¿te puedo ayudar en algo? y ella: Sí, podrías imprimirme un par de fotos ¿vale? Las buscamos juntas. Ésta, ésta y ésta otra… yo (con voz temblorosa) ¿y ésta, qué te parece? y ella: ah! vale, pero ya está, con estas cuatro me basta. Y me digo a mí misma: qué siete años mas bien puestos. Recortamos, pegamos, escribimos, corregimos, rotulamos y… ¡Listo!

El día de la presentación estás más nerviosa tú que ella. Tu niña se hace mayor. Qué orgullosa estás. Llegado el momento, habla sobre el erizo. Le hacen preguntas a las que responde con un aplomo y un buen hacer, que para ti quisieras. Al terminar, reparte las chocolatinas en forma de erizo y un dibujito para que los más peques lo pinten. Todo ha ido perfecto. Después te confiesa que un poco nerviosilla sí que estaba… ¡menos mal!

Pasan los días, todo vuelve a ser como era antes de los erizos y tú ya te has olvidado por completo de ellos, de sus madrigueras, su hibernación y sus púas. La vida sigue y tú vuelves a tus actividades diarias y un buen día, en la calle, de camino a alguna parte le sueltas inocentemente:

¡Qué día más bonito hace hoy! ¿no? No hace nada de frío… 🙂

– ¿Cómo puedes decir eso mama?

– ¿Cómo? ¿Perdona? ¿Decir qué?

Que hace buen tiempo. ¿Cómo puedes alegrarte? ¿No sabes, mama, que días como hoy pueden matar a los erizos?

– ¿Qué me dices, cariño, si hace un dia estupendo, porque van a morirse? 

Te mira con cara de suficiencia teutona y te dice:

Mama, en días como hoy los erizos, que ya han empezado a hibernar, se pueden despistar y salir de su madriguera a pasear, pensando que ya es primavera, y consumir parte de la grasa que habían acumulado para el invierno…  (Os juro, así, tal cual) Luego viene el frío de verdad y la grasa que les quede puede que no sea suficiente para pasar todo el invierno… y entonces se morirían durmiendo. ¿No te parece triste?

¡Jopé, un poco más y me echo a llorar a cuenta de los putos erizos! He flipado, se me ha caído el alma a los pies…

Así que, no creo que debas alegrarte de que haga buen tiempo. Sería mejor que hiciera frío… Piensa en los erizos.

Yo, a cuadros (y un pelín asustada), le pregunto:

– Hija, todo eso te enseñan en el cole.

A lo que me responde (y me remata con ello):

– Claro que no, sólo algunas cosas… A las otras llegas pensando un poco.

Hoy me alegra mucho poder deciros que… ¡hace un frío que pela!

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