Maternidad de la A a la Z: JAPÓN

octubre 31, 2013 § 10 comentarios

Con la J de Japón. No es una palabra que desconociera antes de mi maternidad pero sí una de las que se embadurnó de un nuevo significado. Porque, CON o SIN hijos, mi vida está indefectiblemente asociada a Japón desde mi más tierna infancia. Hará unos 35 años, (¡toma!) el que por aquel entonces era jefe de mi padre viajó a este bello país. Yo era chiquitita y, en aquel tiempo, me pareció de lo más alucinante que una persona pudiera viajar a un lugar tan remoto y encontrar luego el camino de vuelta, cargado de souvenirs tan especiales (recordemos que por aquel entonces no había tiendas de chinos en cada esquina). En la esquina siempre había un bar: el bar de la esquina.

A mi padre le trajo una cámara que duró en sus manos dos telediarios. Todavía la recuerdo. Era una Pentax pequeñita. Fue la primera cámara que le “sustraje”. En menos que canta un gallo, su cámara se convirtió en MI cámara. Hay que decir que en sus manos grandotas esa cámara se veia un poco chorras y que casi no acertaba a darle al botón, de lo pequeñín que era. Él ya tenía la suya reflex de tamaño viril, así que, en este caso, no le dolió mucho. Mientras que a mí me hizo una ilusión loca. ¡Una cámara! Estamos hablando de los años setenta. Una cámara para mí solita. Por extraño que parezca ahora, creo que era la única en la clase que tenía una cámara. Cuando íbamos de excursión con el cole me dedicaba a retratar a todas mis amigas, por eso nadie recuerda quién era yo, porque no aparecí jamás en una foto… Bueno, más o menos como ahora, que mis hijos van a pensar que TODO lo hicieron siempre solos con su padre.

1980bTendría yo unos 8 o 9 años mi madre, que era mu apañá, tuneó el kimono que le había regalado el Sr. Fernández y lo convirtió ¡en el mejor disfraz del mundo! Me hizo tanta ilusión que fui dos años seguidos disfrazada de lo mismo. “¿De china?” “No. De japonesa”. Yo todavía no lo sabía pero esta tontería estaba marcando mi destino de modo inexorable.

(En la foto no se ve pero es que se curró hasta el último detalle de las chanclas). En los años que siguieron a estos acontecimientos, la influencia japonesa que recibí fue la clásica: Heidi, Jackie y Nuca, Marco de los Apeninos a los Andes, la abeja Maya… y así fui creciendo hasta plantarme en la “feliz” adolescencia que incrementó mi clara tendencia hacia el oriente lejano (lo más lejano posible).

Luego, en la universidad, me enamoré de las obras de arquitectos japoneses como Kazuyo Sejima, Toyo Ito, Tadao Ando, Waro Kishi… y ¡zas! como por arte de birlibirloque me salió un trabajo en un despacho de arquitectura japonés. Descubrí la comida japonesa en las múltiples cenas que organizabamos con mi jefe, sus amigos y los compañeros. Hice muy buenos amigos japoneses. Empecé a estudiar su lengua porque me fastidiaba no poderles seguir la guasa cuando se desmelenaban. A lo tonto a lo tonto, entre pitos y flautas, ya me había plantado en los 23 y Japón, que para mis amigos era de lo más raro, empezaba a resultarme de lo más familiar y a llamar mi atención más que nunca.

A los 24 realicé el viaje más alucinante que había hecho hasta el momento. Viajé al país del sol naciente con un billete que me facilitó mi jefe. Menudo subidón. Tal fue la satisfacción que sentí sentada en los tatami, o paseando por los jardines más bellos de la tierra (oye, para gustos los colores), que en cuanto terminé los estudios solicité una beca para irme a estudiar allá y poder repetir la experiencia de modo más pausado, con tiempo para saborear cada detalle. Contra todo pronóstico me la dieron. Me fui por dos años. Nadie creía que fuera a durar más de dos meses allí, pero pasaron casi cinco años antes de encontrar el momento de regresar a Europa.

20131030_233142peqSigamos, que ahora viene lo bueno. A los 30 me enamoré de un estudiante alemán (hay que ser cretina, con lo bien que iba hasta ahora) pensaréis que aquí termina mi romance con el país nipón ¡pero no! Porque él aparte de ser un amante de todo lo japonés… tenía una hija medio japonesa, (que a día de hoy y desde hace 6 meses reside con nosotros. Así que, como no me quedé en Japón, Japón se vino a mi casa. Está bien, Japón me da trabajo pero… me llevo bien con Japón).

Dos años más tarde (he vuelto a hacer un flashback cutre, no te me pierdas), en la soledad de mi habitación de una isla al sur Japón, descubrí que estaba embarazada. La situación, digamos, que no era la más propicia pero calculo que tardé unos 10 minutos en hacerme a la idea e ilusionarme por un proyecto nuevo como jamás lo había hecho antes. Ese proyecto está apunto de cumplir nueve años y comparte habitación con Japón.

Para escribir esta entrada barajé otras posibilidades como jamón, jarabe, jerga, jolgorio, jarana o Jumilla pero… creo, honestamente, que la “J” se la debía a Japón, que no es el país que me vio crecer, pero si el país en que me hice mayor.

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“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blog iniciado por Trimadre a los Treinta que consiste en que cada madre participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.

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