Un día en el Wannsee, Berlín

julio 15, 2014 § 23 comentarios

SeebadWannsee

Una suegra berlinesa parece todo lo que hace falta para poder disfrutar de alojamiento gratuito en la capital europea por excelencia pero, ojo, porque la suegra además de bonos de alojamiento trae obligaciones familiares. Bueno, el hecho de visitarla siempre embarazada o con churumbeles chiquis genera un panorama en que a lo más que puedes aspirar es a visitar un parque con animales en todas sus variantes (granja, zoo, acuario…) o a sus amistades o su oficina, para que sus conocidos vean como crecen sus nietos. Así que, a pesar de haber pisado muchas veces suelo berlinés, esta fue la primera vez que nos fuimos a la aventura, a descubrir sus alrededores.

Una toma de decisiones tardía y una visita inesperada, unida al hecho de que mi suegra es más previsora que yo y organiza con tiempo sus escapadas, hace que esos días que vamos ella esté ausente. Alojados en su casa, con ella de viaje, nos vamos a mover por la ciudad a nuestro antojo. Para ser más específicos, este día en concreto, al MÍO.

Vamos con niños y nos apetece pasar un día, en armonía, en el que todos disfrutemos (aproximadamente) por igual así que… ¡Vamos a bañarnos!

Objetivo

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A tiro de piedra en S-bahn. Fantástico. Pero lo primero que tienes que saber si quieres ir a bañarte al centenario Wannsee, es que la parada Wannsee NO es la que más te conviene. Ahí que nos bajamos, poco previsores que somos y tras descender 254 escalones (un poner) para llegar al nivel del agua nos recibe con cara de aburrida una señora (la de los ferries) que debe estar hasta el gorro de orientar a visitantes despistados. Nos informa la señora de que la parada adecuada para ir a bañarse (y no a pillar un barco) que es adonde nosotros queríamos, era la anterior. Tomamos nota y volvemos a subir todos y cada unos de los tropecientos peldaños hasta llegar al nivel de la calle.

Una vez allí, a punto de subir de nuevo al tren, nos percatamos de que es la hora del haaaaaaambre. Así que mi acompañante adulto, rebosante de pericia, sugiere que comamos allí in situ. Oye qué acierto. Ahí justo delante de la S-bahn en un restaurante a priori italiano pero sospechosamente ruso después, comemos (y bebemos) de mil amores. Y con la panza llena, nos dirigimos de  nuevo al tren. Tras un trayecto de 5 minutos como mucho, esta vez sí bajamos en la parada adecuada.

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Recorremos un paseo arbolado… o mejor un camino que se interna en el bosque y después que varios de los miembros expresaran sus dudas sobre si estábamos en el camino correcto (parece ser que la única predispuesta a la asociación de ideas básicas en mi casa soy yo… “Benditos, ¿no veis la peña envuelta en toallas, con pelo mojado y shorts que caminan en dirección opuesta?) Así pues, para mi asombro (porque de verdad que no tenía ni idea de lo que nos íbamos a encontrar) nos encontramos con esta entrada espectacular, al que va a ser escenario de nuestro día.

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Vale, se puede entrar.

El lugar es magnífico y ofrece diferentes posibilidades. Por un lado tienen una terraza con vistas de ensueño con capacidad para 600 personas, que puede convertir cualquier presentación de productos, feria o reunión en un evento único. También se puede alquilar la parte de abajo (lo que es propiamente la playa) donde te montan tiendas, sillas y te ponen la decoración que quieras para tu evento playero. Y bajo la terraza con vistas hay también una terracita cubierta a pie de playa donde también puedes montar tu pequeño evento. Y además especifican que están abiertos a cualquier otra opción. Me gusta esa actitud.

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Origen de los baños

Permíteme que introduzca algún dato histórico. No me enrollaré (mucho). Tras la guerra franco-prusiana, Berlín se convierte en la residencia del Kaiser alemán y en la capital del imperio. La población supera los 800.000 habitantes. El dinero de compensación recibido de Francia se emplea para industrializar el país y ponerlo a la altura de otras capitales europeas. Cada vez más personas se desplazan a Berlín que ofrece trabajo en abundancia. En 1900 Berlín cuenta casi con 1,9 millones de habitantes (2,5 si incluimos la periferia). Según una encuesta sobre vivienda de 1903, Berlín cuenta con un millón de viviendas, 400.000 de las cuales de una sola habitación y otras 300.000 de dos estancias. Vamos que la gente vivía hacinada. Para que os hagáis una idea.

Möckernstraße 115 - 1904

Möckernstraße, 115. 1904

Es lógico, pues, que los alemanes buscaran pasar tiempo al aire libre, en la naturaleza… en los lagos. Sin embargo, para la moral de aquellos tiempos (pudibunda hasta decir basta) bañarse en público era algo sumamente inmoral. ¡Si te pillaban se te caía el pelo y te multaban! Así que era una actividad que se desarrollaba en secreto. Este punto en que se ubica el Strandbad Wannsee en concreto, con su playa de arena, atraía a muchos bañistas, ya por aquel entonces. Con el tiempo la cosa se fue consolidando. Contruyeron cambiadores y sanitarios. La oferta de ocio se extendió al invierno con baños invernales y patinaje sobre hielo y, poco a poco, el lugar se convirtió en un baño modelo.

La historia de este lugar es alucinante pero no quiero extenderme en exceso. Lo resumiré diciendo que fue creciendo con el paso del tiempo, que sobrevivió incendios y guerras (y ofreció desahogo a sus visitantes en los difíciles tiempos de post-guerra). Hubo tiempos en que tuvo que cerrarse y momentos de apogeo como el que vivió en 1973, cuando alcanzó el récord de visitas con ¡28 millones de bañistas! Ahí es ná. Por supuesto, con el tiempo se abrieron otros baños y la oferta turística aumentó, con lo cual jamás se volverán a dar esas cifras. Sin embargo, si pasas por la capital de Alemania, ¡no te puedes perder este lugar!

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Proyecto de Richard Ermisch und Martin Wagner

El proyecto original, ideado por Ermisch y Wagner, era grandioso e incluía: otros 5 pabellones, un enorme restaurante principal, un café sobre la pasarela que se adentra hacia el agua, un puerto para barcos de vela, y un teatro al aire libre. Además de baños medicinales, jardín de infancia y un hotel para veraneantes. Finalmente, se optó por una solución más modesta, que a nosotros y a nuestros hijos nos bastó.

Ajenos, de entrada, al hecho de que estábamos chapoteando en un lugar histórico, nos lo pasamos en grande. Ahora ya no hay que pagar multas por bañarse en público… pero sí una entrada (razonable: no llegó a 12 € por 2 adultos y 3 niños) y 5 euritos por alquiler del sillón de mimbre. Que los pagamos de mil amores porque la experiencia merece la pena.

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Para más información puedes visitar la página web oficial del Strandbad Wannsee, Berlín.

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