Morir o… morir

abril 20, 2015 § 10 comentarios

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Necesitamos la vida entera para aprender a vivir, y también – cosa sorprendente – para aprender a morir.
Séneca  (2 AC-65)

Morir o… morir. That is the question.

– “Mamá, ¿sabes adónde va esa señora?”

(Se refiere a una anciana de pelo canoso, que camina vigorosa delante de nosotras, llevando consigo un enorme ramo de flores.)

– “No se hija… ¿Adónde?”

– “Pues está claro, mamá: Al cielo.” 

(Acompañado de cara de “que no te enteras”)

Acababa de fallecer mi abuela.

Y casi me troncho de la risa en plena calle ante la perspectiva de lo que “el cielo” era, en esos momentos, para mi hija de tres años.

Contra las sugerencias de la familia la había llevado al tanatorio conmigo. Pensé que confrontarla con la muerte de un ser querido a tan tierna edad podría incluso ser constructivo. No dejaba de ser un experimento (como cualquier otro acto en una maternidad primeriza).

“Muy mal” -me dijo alguno.

Yo dudé.

¿Le habré causado, sin quererlo, un trauma a mi hija por mostrarle a mi yaya María durmiente, en túnica blanca y cubierta de flores? Estaba preciosa y transmitía calma y sosiego.

– “Si parece Blancanieves, mamá!”

Y es que los que complicamos las cosas somos los mayores. Los pequeños lo ven todo muy claro. No solo comprenden las situaciones, sino que hasta son capaces de hacérnoslas ver desde otra perspectiva, más sana.

Mi hija recuerda a mi abuela y la menciona a menudo, lo cual me da a entender que el pensamiento de su desaparición no le genera miedo.

A los 10 años, por supuesto, la muerte sigue sin ser su tema de conversación favorito.

Justo el otro día, me comentaba que en clase están hablando de la muerte y del sufrimiento y que mucho mucho no le apetecía…

A mí me parece un ejercicio necesario el confrontar a nuestros niños con estos temas difíciles de forma abierta. Conversar. Explicar las cosas como buenamente podamos.

Unos necesitarán un cielo. Otros prefieren el final abierto de asociar todo final a un nuevo principio. Los hay que presentan la muerte como el final de los finales. Ahí cada cual que se lo pinte como pueda/quiera/sepa.

Mi hijo pequeño tiene varias teorías al respecto:

1. Cuando llegas a 100 (años), vuelves a empezar desde cero. (Ojo que tampoco es mal plan. Aunque menudo reset.)

2. Él se hace mayor y yo me hago pequeña. Ahora yo manejo la bici y él va sentado en la silla detrás… pero cuando él sea mayor (y por ende yo peque) cambiaremos sitio y lo haremos al revés. Y yo sueño con esa posibilidad.

Durante un paseo por el cementerio (si eso, otro día ya os cuento que hay gente que pasea por los cementerios) me dijo, con cara de científico frente a gran descubrimiento:

“¿Sabes una cosa, mamá? ¡Aquí todos estan muertos!”

Y señalando una por una diversas tumbas (y alargando las “o” para darle más dramatismo al tema) iba recitando:

“Este esta muertooo, este esta muertooo, este también esta muertoooo… ¡Mamá! Cuando te mueres, te meten debajo de la tierra y te ponen flores encima pero ¿Sabes qué? Cuando tú te mueras y te metan ahí, yo vendré… ¡y te sacaré!”

… y yo sentí algo a medio camino entre la risa floja y el alivio infinito.

—-

La primera muerte que yo viví de cerca fue la de mi bisabuela. (Y es que, en mi infancia barcelonesa,  no eramos muy dados a pasear por los cementerios).

El caso es que el fallecimiento de mi bisabuela supuso una despedida para la que hacía aaaaaaaños que ella ya nos preparaba. Tooooodas las navidades, desde que tengo uso de razón, nos alertaba de su más que probable inminente partida.

Con un “bueeeeeno, puede que sea el ultimo año” paseaba su mirada por nuestras caras, sopesando nuestra tristeza ante esa perspectiva. No tardaba mucho en retomar su energía (y su guasa) para ponerse a darle a la zambomba y cantar villancicos como si no hubiera un mañana.

Pero ya lo creo que los hubo.

Hubo mañanas. Muchos. Hubo años y años de mañanas y de villancicos. Años y años de zambomba. Tantos que, cuando al final sucedió lo que nos venía anunciando con escrupulosa regularidad, no supimos si tirar del “si ya nos lo decía” o del “¡nos ha estado tomando el pelo durante años!”

Mi bisabuela no tuvo una vida fácil. Sacó dos hijos adelante sola en tiempos de posguerra. Memorizó todo el refranero español y se ocupó de transmitírselo a sus vástagos y al resto de la prole con un afán inusitado. Nos contó cuentos cuando nadie más lo hacía. Hizo colchas de ganchillo a porrillo para cubrir a las generaciones futuras. Superó la operación de cataratas, la fractura de fémur… Lo del “nos va a enterrar a todos” se nos antojaba cada vez más factible hasta que un día nos dio la sorpresa. Y se fue.

Esas Navidades no recuerdo si hubo villancicos. Y si alguien se atrevió a tocar la zambomba fue más a modo de homenaje que de otra cosa.

Cuando se fue yo tenía 21 años y ella me había estado avisando toda la vida de que eso iba a suceder. Así que, de algún modo, estaba preparada para ese “adiós”.

Aunque, en realidad, nunca se fue del todo. Porque historias como la de “María sarmiento, que se fue a cagar y se la llevo el viento” nos van a perseguir ineludiblemente hasta el fin de nuestros días.

Siete años más tarde, falleció a mi abuelo. Mi abuelo era muy dicharachero y esa es la imagen que de él conservo. Lo visualizo gastando bromas. Riéndose de las manías de otros. O pellizcándole el culo a mi abuela.

Esa pérdida la viví desde la lejanía. No sé si los kilómetros atenuaron el dolor (o yo viví una fase insensible de mi vida). De un modo u otro, también asocié esa pérdida a la famosa “ley de vida” que parece reconciliarnos con la muerte. Estuve triste. Lo sentí mucho. Pero digamos que esa despedida tampoco me rompió por dentro.

Otras personas queridas fallecieron y mis visitas a tanatorios y cementerios aunque raras, ya no eran inexistentes. La muerte había entrado sigilosamente en mi vida. Sin grandes aspavientos se hizo presente.

Fue un día, en que andaba yo tan tranquila por la vida cazando mariposas cuando de repente, las cosas se torcieron como jamás habría imaginado. El sueño se esfumó y yo perdí a una persona muy importante mi vida.

Una persona que me había elegido para crecer dentro de mí. Creció, creció y quiso ver el mundo antes de tiempo. Nada se pudo hacer para detener su ímpetu por ver la luz. Y este fue el traspié que me envió a mí directa a las tinieblas.

Caí en el desconsuelo más profundo y perdí el mundo de vista. Así que entré de lleno en ese agujero negro, que lo chupó todo. En esos días aprendí que el negro del luto no es un color, sino un sentir.

Seguro que murieron personas en esos primeros 21 años en que yo no pisé un tanatorio. Imagino que mis padres quisieron ahorrarnos visiones “poco adecuadas para la infancia” (porque imagino que en 21 años tiene que palmarla mucha gente…)

La realidad es que no experimenté muerte en mi infancia. Más allá de lo que atisbaba en los telediarios (que en ocasiones podía llegar a ser aterrador). En mi niñez, la muerte era algo terrible pero, por suerte, lejano y ajeno. Qué suerte la mía. ¿No?

Ahora pienso que llegué a los 35 sin haber hecho los deberes de la vida:

Aceptar la muerte.

Sin más. Sin explicaciones. Sin relación causa-efecto. Sin sentido. Sin justicia. La muerte llega y te la pega y te deja perpleja, sin saber hacia adónde correr.

Lo que concluyo con todo esto es que quizás ahorrar “disgustos” a nuestros hijos, no les reporta ningún bien a la larga. Pienso que confrontarlos con situaciones difíciles, a la vez que se sienten arropados por nuestra presencia, forma su carácter y les prepara para afrontar los futuros reveses de la vida.

Crecí con la certeza de que había ciertas cosas que “a mí” no me iban a pasar. Ahora sé que en la vida no estás a salvo de nada.

No quiero decir que yo hubiera vivido mi pérdida de otro modo si hubiera conocido pérdidas ajenas porque no puedo saberlo pero… De algún modo, intuyo que habría tenido más herramientas para sobrellevar esta vivencia.

¿Quién sabe?

Que conste que aquí no hay reproches. Como siempre, esto no es más que una reflexión trasnochada.

La imagen con la que arranca el post es una gentileza de Stevie Gill.

… y aquí encontrarás más lecturas relacionadas con cómo tratar el tema de la #muerte con los hijos. Una nueva entrega del proyecto #hayvidadespuésdelos6, iniciativa de la bloguera Merak Luna.

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§ 10 respuestas a Morir o… morir

  • ruthderioja dice:

    Como te han dicho más arriba, es para imprimir… Enorme Nuria. Vuelve más a menudo

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    • nurananu dice:

      Gracias mil, Ruth!
      Que paciencia tenéis para leerme los rollos que os casco.
      Voy y vengo pero… aunque me vaya a menudo, sabes dónde encontrarme ¿no? 😉 Besitos!

      Me gusta

  • Azul Celeste dice:

    Profundas tus reflexiones, gracias por dejarnos asomarnos ligeramente a tu vida con sus muertes…
    Me has hecho recordar que cuando murió mi abuela (quien es como mi madre) no quise llevar a MiBeba (3 años entonces), en cambio sí llevé a Mija (9 años) porque ella misma lo pidió. Ahora MiBeba tiene 7 años y constantemente me pregunta porqué no la dejé ir, ella quería despedirse de su “bisi”. Tienes mucha razón en lo que compartes.
    Y sigue adelante, que esas descosidas trasnochadas nos ayuden al desahogo.
    Un abrazo fuerte.

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  • monstruuosa dice:

    No te conocía, creo, me ha encantado el post.

    Es un tema sobre el que aún tengo dudas. Pero me parece muy razonable lo que cuentas.

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  • Madre mía, veo que he hecho bien en no participar este mes en el Hay Vida porque ¡menudo nivel! Yo no sé nada de este tema y he optado por leeros a las que sí sabéis, a ver si aprendo algo. Mi hija mayor ya me empieza a hacer preguntas y no sé cómo responderlas sin pasarme de clara..
    Me ha gustado mucho lo que has escrito, es para imprimir!

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    • nurananu dice:

      ¡Muchas gracias, MamaenBulgaria!
      La verdad es que pensándolo bien… ¡mejor no saber! 😉
      yo creo que combinar claridad y dulzura es la mejor manera. Ellos lo entienden todo. A menudo mejor que nosotros mismos.
      Gracias otra vez!

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  • remorada dice:

    he echado de menos tus párrafos infinitos y unidos por mil conexiones, como todo, pero me imagino que con este tema se necesitaba poner más de un punto y dejar un espacio antes de volver a empezar.

    un texto brutal.

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    • nurananu dice:

      ¡Muchísimas gracias, Remorada!
      Sí… Muchos puntos, muchas comas y mucha repetición de la jugada… para digerir lo que la vida a ratos nos depara 🙂
      Suerte que también nos depara muchas risas que si no…
      Un besote!

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